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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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09 Abril 2017 04:00:00
El sonido y la furia
“La vida es un cuento contado por un idiota lleno de sonido y de furia, que no significa nada”. La terrible frase de Shakespeare en su tragedia Macbeth proporcionó a William Faulkner el título de su conocida novela El Sonido y la Furia. Hoy, en medio de unas campañas políticas en las que participa un millar de candidatos –un candidato en cada hijo te dio– la línea del Cisne de Avon invita a ponerse faulkneriano si se intenta describir la contienda.

En efecto, en la competencia por atraer el voto ciudadano el sonido y la furia son hasta ahora, salvo honrosas excepciones, los signos distintivos de las campañas. Llueven acusaciones de unos contra otros. Se diría que la mayoría de los participantes en la contienda están empecinados, no en afirmar su imagen, sino en demeritar la de los contrincantes, como si los coahuilenses estuviéramos condenados a votar, no por el mejor, sino por el menos malo.

Hay acusaciones y denuncias para todos los gustos: enriquecimiento inexplicable, mansiones millonarias, joyería de alto precio, ineficiencia demostrada en el de-sempeño de puestos anteriores, traiciones, tendencia hacia el populismo, compra de votos, pasados oscuros... Usted elija. Bien se dice que los políticos son como gatos metidos en una chimenea: si no se queman, por lo menos salen tiznados. Más en estos días, cuando es posible vomitar impune y anónimamente toda clase de insultos y acusaciones, las más de las veces infundadas, en cualquiera de esas cloacas llamadas redes sociales.

Es natural y previsible en cualquier campaña política que los contendientes busquen la descalificación del contrincante. Ya vimos hace poco al impresentable Donald Trump acusando de todo lo imaginable a Hillary Clinton. Sin embargo, el peligro es que el estruendo mediático acabe provocando sordera a los electores, y estos terminen por no oír las propuestas, ahítos de tanto ruido y de tanta furia. El peligro es real, y resulta prudente en estas circunstancias recordar al recién fallecido Giovanni Sartori: “Es necesario tomar en cuenta que las elecciones también pueden matar a una democracia”.

Y la muerte de las democracias no solamente ocurre con la elección de un dictador. También, aunque de una manera más lenta, languidecen y se extinguen ante ciudadanos que se instalan en la indiferencia por hartazgo, que es a donde puede conducirlos esta fastidiosa lucha en el lodo.

Los mexicanos de a pie enfrentan hoy un panorama particularmente proceloso. Las amenazas que llegan del norte, la rampante corrupción de decenas de políticos, el cotidiano descubrimiento de fosas clandestinas, las paupérrimas perspectivas de crecimiento, el encarecimiento de productos básicos y la falta de oportunidades abonan el terreno para la proliferación de la incertidumbre. Una sociedad así está ansiosa de certezas. No necesita, ni creo desee, el pobre espectáculo con tintes de pleitos de vecindad ofrecido por actores políticos.

Quizá todavía sea tiempo de reencauzar las campañas hacia discursos capaces de sembrar la esperanza, no la discordia. En otras palabras, acallar los tambores de guerra, propiciatorios de confusión. Porque, al fin y al cabo, en esta elección, como en cualquiera otra, lo que está en juego es el futuro. Además, es bien sabido que esas terribles acusaciones no son al fin de cuentas sino palabras, palabras, palabras –otra vez Shakespeare– o, como suele decirse, agua de borrajas y plática de barbería. Ruido y furia sin consecuencias. 
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