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Raymundo Riva Palacio
Raymundo Riva Palacio
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18 Agosto 2017 04:08:00
El talón de Emilio
Emilio Lozoya era más que un colaborador cercano del presidente Enrique Peña Nieto. En la campaña presidencial, junto con el embajador Jorge Montaño, fue el abridor de puertas con líderes del mundo, gobiernos y medios de comunicación. Tras la elección, Montaño fue desplazado y Lozoya pasó a ser el emisario de Peña Nieto en el mundo. Fluente en inglés y alemán, parecía encaminado a ser el próximo secretario de Relaciones Exteriores, pero cuando llegó el momento de las definiciones del Gabinete, Peña Nieto le cumplió lo que le había pedido: la Dirección General de Pemex.

Lozoya se convirtió en un funcionario muy cercano al Presidente por razones que –cuando se le ha preguntado a qué se debía, qué hizo por Peña Nieto y su familia, o qué servicios extraordinarios realizó para él–, parece que se le atoraran las palabras al no dejar escapar frase alguna.

Cuando dentro del Gabinete se lo comían a críticas y denuncias, por lo que consideraban una mala administración en Pemex y corrupción, el Presidente siempre lo defendía. Su principal enemigo siempre fue el entonces secretario de Hacienda, Luis Videgaray, con quien tuvo fuertes fricciones.

Videgaray se quejaba airadamente de que el desorden en Pemex causado por Lozoya habìa provocado la caída en la producción. Lozoya se defendía, muchas veces enojado, con la explicación de que la causa de la baja era porque Hacienda le había quitado recursos a Pemex para producir. Las confrontaciones entre los dos, un diálogo de sordos, creció con los meses. A mitad del sexenio, la autonomía con la que se manejaba Lozoya generó roces con el secretario de Energía, Pedro Joaquín Coldwell, aunque para entonces, a la mala gestión administrativa, se le sumaban imputaciones indirectas de corrupción dentro de Pemex.

En la primavera de 2015 Videgaray solicitó al director del SAT, Aristóteles Núñez, investigar la presunta corrupción en Pemex, que resultó en dos expedientes que Videgaray decía que llevaría al Presidente para mostrar quién era realmente Lozoya. No se sabe si se le llegó a entregar, pero en otoño de ese año, el secretario de Hacienda le pidió al Presidente la cabeza de Lozoya. Su petición fue denegada. Lozoya ya le había dado la vuelta a Videgaray y veía al Presidente sin necesidad de la intermediación del secretario. En diciembre de ese año, Videgaray intentó una vez más que Peña Nieto cesara a Lozoya, pero lo atajó el Presidente. “No lo voy a hacer”, recuerda un funcionario que le dijo Peña Nieto a Videgaray, “no me vuelvas a tocar este punto”.

En febrero de 2016 Peña Nieto lo cesó, pero no como consecuencia de las peticiones de Videgaray, sino porque un mes antes, por insistencia de Lozoya y contra la opinión de la canciller Claudia Ruiz Massieu –ante la confrontación en ese momento Arabia Saudita y Estados Unidos por los precios del petróleo–, visitó el reino saudí. Las imágenes de esa gira mostraban a Lozoya como el hombre cercano a los jeques, opacando a Peña Nieto. Su salida abrió la caja de Pandora que Videgaray afirmaba existía en Pemex. La presunta corrupción en la institución se socializó y el funcionario en donde se centraban las miradas era Froylán Gracia García, coordinador ejecutivo de la Dirección General, muy cercano a Lozoya, a quien había conocido 15 años atrás cuando ambos vivían en la costa este de Estados Unidos.

Gracia García cambió su patrón de comportamiento desde que llegó a Pemex, emborrachándose por las tardes en restaurantes y presumiendo su bonanza. Las sospechas del origen de su dinero vinieron acompañadas cuando inversionistas nacionales y extranjeros se empezaron a quejar de que para conseguir citas con Lozoya, Gracia García cobraba millones de pesos. Las imputaciones de corrupción en Pemex siempre terminaban en el nombre de su coordinador ejecutivo y en otro íntimo de Lozoya, el entonces director de Procura y Abastecimiento, Arturo Henríquez Autrey, quien le pidió a Amado Yáñez, dueño de Oceanografía, 4 millones de pesos que, decía, eran para el director de Pemex. Lozoya siempre ha dicho que son falsas esas imputaciones, y afirmaba en su momento que esas acusaciones se debían a que había lastimado muchos intereses. “Sólo el año pasado”, decía Lozoya del 2014, “los ‘coyotes’ dejaron de ganar unos 29 mil millones de pesos”.

Las sombras de corrupción han perseguido desde entonces a Lozoya, millonario de cuna y casado con una heredera de fortunas alemanas. Pero ninguna imputación ha sido tan grave como los señalamientos de Luis de Meneses Wyell, director de Oderbrecht México, e Hilberto Mascarenhas, jefe del Departamento de Operaciones Estructuradas, el área de donde salieron los pagos ilegales a funcionarios en 13 países, que lo acusaron de haber recibido 10 millones de dólares por ayudarlos en una adjudicación directa de obra pública en la refinería de Tula. Por esta razón, Lozoya, quien niega haber recibido nada de nadie, declararía este jueves en la PGR.

En ninguno de los testimonios sobre el caso Oderbrecht que tiene la Fiscalía brasileña donde aparece el nombre de Lozoya, se señala que pidió o recibió directamente un pago por sus servicios. Tampoco se señala por nombre quién o quiénes pidieron el soborno, o a quién o quiénes se los entregaron. Pero las sospechas revolotean sobre la cabeza de Lozoya. Él no intimaba con los ejecutivos de Odebrecht Meneses y Mascarenhas, quienes lo han colocado en el litigio penal, sino Gracia García, el hombre más nervioso de todos desde que se abrió el escándalo brasileño. Ahí está el nombre de alguien donde la PGR puede asomarse a esa gestión tan controvertida de Lozoya en Pemex. Es todo suyo, si quiere.
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