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Rodolfo Naró
Rodolfo Naró
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Rodolfo Naró, nació en Tequila, Jalisco, el 22 de abril de 1967. Es autor de varios libros de poesía, casi todos reunidos en la antología Lo que dejó tu adiós (2016), así como de las novelas El orden infinito (2007), finalista del Premio Planeta Argentina 2006, Cállate niña (2011) y Un corazón para Eva (2017). Twitter: @RNaro

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15 Septiembre 2017 04:00:00
El tiempo de Mutis
Si Álvaro Mutis aún viviera, seguramente usaría las redes sociales. Era un hombre de su tiempo, generoso con los jóvenes y gran conversador.

El próximo 22 de septiembre, se cumplen cuatro años de su partida y cada septiembre lo recuerdo, pues fue en este mes cuando lo conocí en un coctel de la Casa Lamm, en 1997. En ese entonces yo sólo había leído su poesía, después vendrían sus novelas de Maqroll el Gaviero, siendo, Ilona llega con la lluvia, mi favorita.

Dejé mi copa de vino y lo abordé. Yo quería que me leyera un poeta y opinara sobre mis versos.

Esa noche yo llevaba bajo el brazo, engargolado, mi poemario Amor convenido. Me presenté con él. Se lo entregué, le pedí que lo leyera y me diera su opinión, “cómo no, con mucho gusto” me dijo.

Pasaron varios meses para que lo volviera a ver. Aquella noche en Casa Lamm me pareció un atrevimiento pedirle su número de teléfono, así que dejé que la suerte nos volviera a reunir otra vez.

Ocho meses después, en un homenaje que le hacían a García Márquez en Bellas Artes, logré colarme al coctel en un salón del mismo Palacio.

Me reconoció y haciendo gala de su humor, como ninguno de los dos traíamos pluma, me advirtió: “sólo voy a decirle mi teléfono una sola vez, para que se lo aprenda”. Lo dijo rapidísimo, fue un abrir y cerrar de ojos que se quedó en mi memoria para siempre.

Dos semanas más tarde me citó en su casa de San Jerónimo para revisar mis poemas.

En las ocasiones que estuve en su estudio hablamos de poesía, de barcos, teníamos conversaciones tan profundas como cuál era la mejor hora para degustar un buen tequila, si al mediodía o en la noche, “al mediodía”, le aseguré, “es el mejor aperitivo para acentuar el calor”.

Don Álvaro, con su plática, llenaba el ámbito del estudio, el cual se transformaba en una potente nao que surcaba los tiempos.

El día que le pregunté por la fotografía del Zar Nicolás II que tenía colgada al lado de su escritorio, pasamos la tarde hablando de los Romanov y de Rasputín. Mutis conocía San Petersburgo como la palma de su mano.

Sus ojos brillaban emocionados y su voz, con tanto asombro, me parecía tan familiar. Luego supe porqué: Mutis era quien doblaba a Walter Winchell, el narrador de Los Intocables, uno de mis programas favoritos en mi infancia.

Años después, mientras yo escribía El orden infinito, don Álvaro leía y, en su casa o por teléfono, hablábamos sobre los personajes y su circunstancia, discutíamos sobre ellos, me recriminaba la sintaxis o las faltas de ortografía. “Un poeta de su calidad no puede tener semejante ortografía”, lo escuché varias veces.

Sencillo en su trato, era un hombre sin rodeos. A Mutis se llegaba sin recomendación ni saludos de algún conocido.

No era necesario saber cuántos amigos en común se tenía con él.

Celebraba la amistad, como el día que le llevé, por fin, el primer borrador de El orden infinito, al siguiente sábado fuimos a comer al Bellinghausen de la Zona Rosa.

En la terraza, entre los caballitos de tequila y bajo un tibio sol de septiembre, me felicitó, yo sólo atiné a decirle: “gracias, don Álvaro por su amistad y su tiempo”.
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