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Arturo Guerra LC
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25 Septiembre 2016 07:00:00
El tope del chicle
En algunos países, el único sistema eficaz para convencer al conductor frenético de reducir la velocidad, no ha sido la apelación a los sentimientos cívicos más profundos, ni la aplicación de intrincados exámenes sobre las reglas de tráfico, ni las campañas creativas sobre las mil razones de la moderación, ni las multas…

La solución ha sido... llenar de topes toda calle con vocación de autopista.

Ante un tope, no hay ciudadano, por muy desalmado que sea, que no reduzca la velocidad. Gracias a este invento, no existe un conductor en el que prevalezca la pasión de velocidad contra su preocupación por la integridad de su amado monovolumen. Uno solo de estos obstáculos urbanos modera milagrosamente la velocidad de un piloto adolescente en plena efervescencia de adrenalina.

En cierta ciudad, un muro de piedra, grueso, alto y firme, divide los dos sentidos en desnivel de una ancha avenida con su tope bien puesto. El muro queda tan a la mano del conductor que bastaría sacar un poco el brazo por la ventanilla del coche para tocarlo. En una ocasión, a un buen conductor, mientras salvaba aquel tope, se le ocurrió dar un uso creativo a su chicle ya insaboro. Y con esto, ya casi está dicho todo...

Así es, el señor pegó su chicle en la pared. Era el primero. Después se animó un segundo aficionado de las gomas de mascar. Y vino un tercero... Desde entonces, muchos conductores han estampado su chicle. Se descubría así un original método para combatir el aburrimiento que comporta pasar una vez más por encima de un tope. Era quizá también un esfuerzo por reírse del obstáculo, por poner humor en medio de la adversidad. De tal manera, que con el paso de los años, este muro se ha convertido en el monumento más original dedicado al chicle.

Es conocido como “el tope del chicle” y así hablan de él los vecinos de la zona a alguien que pide las señas de una calle: “derecho, derecho por esta avenida hasta el tope del chicle, y 100 metros más arriba se encontrará con la calle que busca”.

Hizo falta que un buen día a un conductor se le ocurriera un gesto inusual. ¡Cuántas veces se necesita esa primera persona que haga algo desusado! ¡Cuántas buenas intenciones quedan sepultadas en el fondo de muchos corazones, sólo porque nadie se atrevió a realizar ese primer gesto! ¡Cuántos proyectos se quedan en el tintero, porque nadie se atrevió a dar el primer paso!

El primer gesto es sencillo, muy ordinario, se realiza sin aspavientos. ¿Qué era ese primer chicle en el muro? Pegar un chicle no es tampoco un acto heroico ni una acción que sólo un Superman es capaz de realizar. Sin embargo, es la primera chispa de un incendio. Muchas veces lo más difícil es el primer paso. Aquella pared sería un muro más, desconocido, frío y triste, si aquel primer conductor hubiera preferido seguir mascando su chicle inservible.

Construyamos un muro de generosidad, no para dividir a unos hombres de otros sino para protegernos todos juntos del sin sentido, del egoísmo. Atrevámonos a pegar el primer chicle de la generosidad, en la familia, en nuestro ambiente, en nuestro país, en nuestro mundo...

Sé que este relato suena a fábula con su moraleja bien puesta al final. Pero lo del tope, lo digo como testigo directo, es verdad, existe. De hecho, a ver si algún lector de esa ciudad, se anima y nos envía unas fotos del tope del chicle para publicarlas junto a este artículo...

Arturo Guerra

Ármate de valores (http://www.armatedevalores.com) es un grupo de jóvenes del mundo de la comunicación que buscan ayudar a los demás con aquello que se les da mejor, a través de la imagen, el sonido, la palabra...

Los miembros de Ármate de valores -periodistas, publicistas, comunicólogos, cineastas...- quieren ser una fuente de gestos inusuales que se conviertan en eslabones de cientos de cadenas de generosidad.
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