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German Martínez
German Martínez
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17 Septiembre 2012 03:00:20
El último grito de Felipe
No tardan en subir y colgar la estampa del presidente Calderón en Palacio Nacional. La pintura del retratista Santiago Carbonell está lista. El sitio -en la Galería de Presidentes del lado sur-, está preparado y vacío. Tendrá a su derecha a Vicente Fox, y al lado izquierdo la puerta por donde se ingresa al Salón de Acuerdos, testigo mudo de la traición y aprehensión a Francisco I. Madero.

El Presidente cumplió el rito. Gritó lo que tenía que gritar; sin sorpresas, estridencias, ni añadidos. Afuera, bajo un aguacero, sólo medio Zócalo replicó las arengas presidenciales, la otra mitad estaba ocupada por escenarios y pantallas e impedían ver la Catedral. Dentro de la multitud, un centenar de jóvenes catecúmenos del apóstol de la deslealtad democrática, también exclamaban y “mentaban madres”. Hubieran querido ver salir en el balcón presidencial a Andrés Manuel López Obrador; quizá todavía no lo saben: les faltaron votos y les sobraron gritos.

Comparado con el evento del Bicentenario, las ausencias de personajes en los Salones Verde, Azul, Morado, por donde marchan los cadetes y cruza el Presidente, fueron notorias. En el Salón de Embajadores, donde en 1821 se firmó el Acta de Independencia y medio siglo más tarde serviría de recinto fúnebre para exponer el cuerpo de Benito Juárez, los aplausos al Presidente sonaban a despedida.

Exaltar el nacionalismo y refrendar nuestra identidad mexicana tiene un riesgo: dejar de ver al mundo por jactancia del autoelogio, despreciar “lo extranjero” por gritar ¡Viva México!, o de plano, creer a otros pueblos y gobiernos ese “extraño enemigo” del que habla la letra de Francisco González Bocanegra, en nuestro Himno Nacional.

Festejamos el aniversario de nuestra independencia en un escenario internacional muy hostil contra Estados Unidos, los ataques de turbamultas a las sedes diplomáticas norteamericanas en países musulmanes han sido graves; y nuestra relación bilateral puede animar esa peligrosa alucinación antinorteamericana.

El atentado en Tres Marías contra agentes diplomáticos norteamericanos; el periplo de Javier Sicilia en territorio norteamericano, por cierto, ¿qué hubiéramos dicho si un gringo recorre el territorio nacional enjuiciando a nuestro gobierno?; la inmunidad concedida al ex presidente Zedillo, la propaganda electoral de Obama con los “mexicanos” Hilda Solís, secretaria del Trabajo, o Antonio Villaraigosa, alcalde de Los Ángeles; el operativo “Rápido y furioso”; y un prolongado etcétera, son la realidad desde la que nos debemos preguntar: ¿es “la independencia” en un mundo tan interdependiente, un valor a perseguir? ¿Inflamarnos de pompas laudatorias a nuestro patriotismo fortalece nuestra soberanía?

El grito mexicano no puede ser un grito antinorteamericano. La “obsesión antiamericana”, para decirlo con Jean-Francois Revel, es ese canto antimundializador alimentado por la desinformación, difamación y combate al liberalismo. El nacionalismo antiamericano es un vejestorio ideológico que quiere los privilegios del mercado sin sus exigencias y es enemigo de la modernización.

El presidente Calderón siempre fue claro y digno con nuestro vecino del norte (su discurso ante el Congreso estadounidense, en 2010, fue espectacular e histórico) pero no logró la reforma migratoria, ni detener el flujo de armas. Y la seguridad de México depende, también, de decisiones de Washington.

El viejo PRI simulaba a la perfección gritar contra Estados Unidos para pactar a trasmano. Ojalá ahora este nuevo gobierno no haga residir la independencia nacional en el barato prejuicio antiestadounidense.

¿En verdad gritamos ¡Viva Hidalgo!? Recordemos un hecho incontrovertible, prueba histórica de que se puede ser independiente sin ser antinorteamericano. ¿A dónde acudía aquel 21 de marzo de 1811, el cura Hidalgo cuando lo capturaron en Acatita de Baján, Coahuila? El Padre de nuestra Independencia encontró la muerte, cuando acudía a buscar la ayuda de Estados Unidos de Norteamérica.

Felipe Calderón gritó “adiós”. Lo espera, no sólo una pared, sino el juicio de la historia.
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