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Juan Latapí
Juan Latapí
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01 Abril 2018 03:10:00
El último mito
NI DUDA CABE QUE LOS mexicanos somos sensibles y respondemos al drama y a la tragedia, tanto en la vida real como en las telenovelas; sabemos sumarnos, conmovernos y exaltarnos ante la desgracia. De un salto pasamos de la tragedia al mito y por eso el mundo político es una de las mayores fábricas de mitos, simplemente porque nos gusta creérnoslos.

ALIMENTADA ESTA fábrica de mitos por la desmedida exaltación de los personajes de la historia oficial, el asesinato de Luis Donaldo Colosio, ocurrido en 1994, es un ejemplo de la facilidad de cómo pueden construirse mitos de la nada. Tristemente, el gran mérito de Colosio fue morir asesinado en Lomas Taurinas y no tuvo tiempo para más. Hasta ese funesto día de ya hace 24 años no era protagonista de la historia sino un candidato oficial que nomás no daba color.

UN CAPÍTULO DEL libro “México Bizarro”, escrito por Alejandro Rosas y Julio Patán, recuerda que ni siquiera el famoso discurso del 6 de marzo logró captar la atención pública, por entonces más ocupada en el asunto de los zapatistas. Aquel discurso fue sobrevalorado- obviamente después de su asesinato- y aunque ahí anunció un supuesto rompimiento con las viejas formas antidemocráticas y autoritarias del PRI, era más de los mismo y para nada innovador. “Aquí –dijo- está el PRI que reconoce que la modernización económica sólo cobra verdadero sentido cuando se traduce en mayor bienestar para las familias mexicanas y que para que sea perdurable debe acompañarse con el fortalecimiento de nuestra democracia”. Al día siguiente del mentado discurso algunos diarios como Reforma o Excélsior publicaron escuetamente en su primera plana: “Demanda Colosio imparcialidad al Gobierno”, o bien, “Habrá reformas: Colosio”.

PARADÓJICAMENTE –DICEN Rosas y Patán-, la pistola de la cual salió la bala asesina estaba cargada de inmortalidad. Y como por arte de magia, las promesas de grandes reformas políticas, de equidad, la crítica al autoritarismo, la acotación del presidencialismo, que sólo fueron eso, promesas de campaña, dejaron de ser palabras para convertirse en hechos en el imaginario de la clase política y de gran parte de la sociedad.

Y FUE A PARTIR de ese momento cuando la figura de Colosio se agigantó. De la noche a la mañana se convirtió en el nuevo apóstol de la democracia. Con su muerte, sus principios –que nunca vimos defender en los hechos- fueron adoptados por propios y extraños; se le invoca cada vez que la clase política habla de los nuevos tiempos democráticos y es considerado un referente en la muy larga historia de la transición.

Y SIN EMBRAGO, pocos han tratado de someter el recuerdo de Colosio al examen riguroso de sus propias obras. Tal vez por lástima, quizá por el dolor que provocó su asesinato a mansalva, quizá porque al morir no tenía ni siquiera 45 años de edad, por la tragedia humana que repercutió en su familia o quizá porque la historia también se escribe con mitos, ya nadie recuerda que Colosio fue parte del propio sistema que lo llevó a la muerte. ¿Quién recuerda aspectos destacados de su paso como diputado federal, senador, presidente del PRI o como secretario de Sedesol? Su mayor logro fue amarrar la candidatura a la Presidencia.

“COMO PRESIDENTE del PRI –escribió Raymundo Riva Palacio el 7 de marzo de 1994- atestiguó cómo los triunfos priístas en Guanajuato y San Luis Potosí fueron revertidos por decisión presidencial”. Al dejar la presidencia del partido, Colosio ocupó la Secretaría de Desarrollo Social, uno de los principales bastiones de control político del gobierno de Salinas, ya que con sus programas asistencialistas, y miles de millones de pesos invertidos en ellos, garantizaba la lealtad de buena parte de la población que se beneficiaba con las dádivas de Sedesol.

“EL ASESINATO de Colosio –concluyen Rosas y Patán-, más que un atentado contra la democracia –aún lejana en el México de 1994-, evidenció la descomposición interna del sistema político priísta. La revisión histórica debe colocarlo en el lugar que le corresponde, bajándolo del mito y del pedestal que no merece y en el cual lo colocaron la retórica política y los advenedizos. A final de cuentas, con su muerte, más que la patria, perdió su familia”.
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