×
David Boone de la Garza
David Boone de la Garza
ver +

" Comentar Imprimir
18 Julio 2016 04:00:56
El valor de las graduaciones
En los últimos días me han invitado a ser padrino de generación de distintos grupos que culminaron sus estudios de primaria en Coahuila. Tengo la dicha de contar con amigas y amigos profesores que, por alguna u otra razón, les platican de mí a sus alumnos (no sé qué cosas, pero supongo que por lo menos alguna buena o que sirva para justificar la puntada de sugerirme) y deciden otorgarme ese inmerecido honor.

Ser padrino no es cosa sencilla. Amén de los presentes que modestamente uno pueda compartir, lo más difícil de ser padrino es que te convierte, sino en ejemplo o referente (lo que puede sonar pretensioso), sí en objeto de observación por parte de él o los ahijados, y, en ocasiones, de cierta expectativa. Eso a pesar de que, con un padrino de generación, no es común que se forme un lazo tan sólido con su ahijado como suele establecerse con los padrinos de bautizo o primera comunión, quienes llegan a convertirse en protectores, mecenas y hasta en sustitutos de la figura materna o paterna.

Ya hemos reflexionado sobre la importancia de la educación. El hecho de que un niño tenga la oportunidad de estudiar y la aproveche, aumenta sus posibilidades de progreso, movilidad social y, en general, de tener mejores niveles de bienestar a lo largo de su vida.

Instrumentos normativos y programas internacionales y nacionales reconocen el derecho a la educación, y fijan metas, propósitos y actividades tendientes a ampliar su cobertura y calidad. A manera de ejemplo, uno de los objetivos del Marco de Acción de Dakar, Educación para Todos, adoptado por el Foro Mundial sobre la Educación (UNESCO) en el año 2000, es “mejorar todos los aspectos cualitativos de la educación, garantizando los parámetros más elevados, para conseguir resultados de aprendizaje reconocidos y mensurables”.

De entre todas las estrategias impulsadas por organismos públicos y privados internacionales, países, sociedades y gobiernos, son, sin duda, las relativas a la educación, las que han acreditado con mayor consistencia y contundencia ser las más productivas, toda vez que su impacto y sus efectos son estructurales y transversales.

Sin pasar por alto que la educación en México se encuentra en un nivel no óptimo, considerando, entre muchos otros datos, que el grado promedio de escolaridad de la población de 15 y más años, es de 8.6 años (INEGI, 2010), y que 80% de los jóvenes en edad de cursar una carrera profesional, no lo hace, quiero compartirles mi emoción por recordar y reflexionar sobre la gran cantidad de cosas positivas que traen consigo las graduaciones de primaria.

La satisfacción de los papás (o tutores) al ver que sus hijos han obtenido el grado académico más elemental; el orgullo de los profesores al constatar que su vocación y trabajo han dado frutos; la sensación del deber cumplido de los directivos y las autoridades escolares al entregar a la sociedad una nueva generación de coahuilenses con conocimientos que serán esenciales para que continúen formando su ciudadanía, y la esperanza de la sociedad que sabe que las posibilidades de tener paz, armonía y de alcanzar el bien común, dependen, en mucho, de la educación de sus miembros.

Sin dejar de mencionar una práctica que me parece maravillosa de estas graduaciones: los números artísticos que incluye como parte del festín por la culminación de los estudios; en la mayoría de los casos se trata de bailables típicos mexicanos, de manifestaciones folclóricas que son parte esencial de la formación de los niños y que avivan nuestras costumbres y tradiciones. Por eso, las graduaciones son grandes acontecimientos. De ahí el gusto y la responsabilidad al ser padrino de tantos niños, a quienes agradezco profundamente que, sin méritos para ello, me hayan permitido ser parte.
Imprimir
COMENTARIOS



5 6 7 8 9 0 1 2