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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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27 Mayo 2017 04:00:00
El verdadero secreto
A todo pensamiento sigue una emoción o un sentimiento y viceversa. Esta sencilla fórmula contiene el secreto de la vida. Fue el sendero del Buda y de Cristo; es y será la clave para cumplir el propósito de la existencia humana. Para desarrollarla fue que nació la verdadera alquimia, la esotérica, la interior, porque comprenderla no es cosa fácil.

Hoy en día se habla mucho del poder tanto del pensamiento positivo como del negativo. Aquí es donde empieza la confusión: el poder no está en el pensamiento, sino en la emoción o el sentimiento a que se asocia. No se puede superponer un pensamiento positivo a una emoción negativa, tratando de negarla o ahogarla. “¡Voy a tener suerte, voy a tener suerte, voy a tener suerte!”, pienso, mientras todo mi ser invadido por el miedo me dice que fracasaré en esa entrevista de trabajo. Dígame usted lo que pasará.

Ciertamente hay un pensamiento negativo oculto asociado a tal emoción, algo así como: a mí nunca me suceden las cosas buenas, o no soy suficientemente bueno, pero es sólo el autor intelectual del asesinato de nuestra vida. El ejecutor es el miedo.

Resistirnos a lo que nos perturba interiormente lo incrementa, porque la atención horrorizada que ponemos en la negatividad se convierte en concentración, cuya naturaleza es la atracción, en lo físico y lo metafísico.

Nuestros malestares no están en lo que pensamos, sino en la emoción relacionada con ello. El pensamiento es la semilla, el razonamiento el árbol y la emoción o el sentimiento el fruto. Si la semilla está envenenada el árbol crecerá enfermo y el fruto estará podrido. Este último es el que nos vamos a comer y, por supuesto, nos hará daño.

Es importante tener claro que el fruto está podrido porque el árbol, es decir, el razonamiento, está enfermo, evidentemente a consecuencia de una mala semilla que podríamos no haber sembrado, pero nadie nos enseñó a distinguirla de una sana. Esto parece obvio, pero en cuestión de pensamientos y emociones deja de serlo, porque es muy difícil ver todo el árbol desde el árbol.

Además, los pensamientos y sus emociones o sentimientos asociados no son por naturaleza buenos ni malos, sanos ni enfermos. Esa es una etiqueta que les hemos puesto para manejarlos, y mal, por cierto. Ambos tienen su función, son parte de un proceso de crecimiento. Vienen y se van para cambiarnos. No somos ni lo que pensamos ni lo que sentimos. Tal cambio puede darse en dos vertientes: si no intercedemos, predominará la negatividad; si tomamos control de lo que pasa dentro de nosotros, iremos hacia, llamémosle, la luz.

Esto se debe a que los pensamientos negativos están ligados a las emociones y los positivos a los sentimientos. Las primeras son ciertamente superficiales y pasajeras, pero muy potentes y dominantes. Los segundos son profundos y duraderos, pero más suaves, benévolos.

Las emociones nos atacan, a los sentimientos tenemos que invitarlos y crearles el ambiente adecuado para que se sientan cómodos. Eso sí, cuando el sentimiento se instala en casa, ya no hay lugar para tanta emoción. Todos preferiremos la paz a la ira, la alegría a la tristeza. Nos costará trabajo, porque estamos acostumbrados a hospedar inestables que se acomodan donde sea, pero mejorará mucho el hogar interior.

No se irá nunca la negatividad. No hay que combatirla, hay que transmutarla. Empiece por una emoción o por un pensamiento que lo perturbe, y busque a su socio o socia. Habrá un click, le caerá el 20, como se dice coloquialmente, y comenzará el camino de la alquimia interior. Entonces se dará cuenta de que los pensamientos son fácilmente maleables, mientras las emociones son absolutamente tercas. Verá la semilla y verá el fruto, pero al que hay que darle seguimiento y tratamiento es al árbol, al razonamiento que pudrió la emoción. Enderécelo.
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