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Alejandro Irigoyen Ponce
Alejandro Irigoyen Ponce
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06 Febrero 2015 05:08:22
El voto nulo
No se trata de promover, sino reconocer que el desempeño en los tres órdenes de Gobierno lo justifica.

Desde hace ya varios años, en cada proceso electoral, surgen voces que llaman a anular el voto como un símbolo inequívoco y contundente del repudio generalizado a la clase política que nos “administra”. También reclaman espacios las voces que advierten que anular el voto sólo le sirve a quienes tienen segura cierta cuota o clientela, por lo general el PRI, aunque también el PRD donde es gobierno, e igual para el PAN en los territorios donde controla los programas asistenciales y dispone de las arcas públicas para sacar lo necesario para la movilización, acarreo, “apoyos” y ese largo etcétera que todos los mexicanos con más de dos neuronas funcionando conocemos muy bien.

Desde ambas trincheras se esgrimen argumentos poderosos a favor o en contra de anular el voto, y en la inmensa mayoría se ponderan aspectos utilitarios en los que la pregunta clave es de qué sirve realmente el reiterar el desprecio a la partidocracia en la boleta electoral y si efectivamente se beneficia en el lance a tal o cual partido.

Lo primero que habría que dejar en claro es que anular el voto no es lo mismo que la abstención. El hecho de no acudir a la urna implica cierta indolencia y apatía impropia de un ciudadano dispuesto a asumir su corresponsabilidad en el entorno que nos toca sufrir.

Habría que considerar también, que el PRI, y el PAN y el PRD donde son gobierno, tendrán los votos duros de siempre, esa clientela electoral tan amarrada por decenas de artilugios que se instrumentan en las áreas grises que colindan con la ilegalidad, y por lo tanto, desde su perspectiva el abstencionismo o el voto nulo les hace lo que el viento a Juárez.

Puede ser, pero el anular el voto, el acudir a la urna y escribir, por ejemplo, “la partidocracia es el cáncer de México”, o bien “nadie merece mi voto”, es un acto de afirmación, de repudio al actual orden de las cosas que (en el caso de sumar miles) despoja de legitimidad al que resulte triunfador.

En una democracia madura, con una clase política ciertamente distinta a la nuestra, tal muestra de repudio social impediría que nadie con un mínimo de decencia rindiera protesta, por el contrario, se obligarían cambios sustanciales en las estructuras partidistas y una renovación profunda de la clase gobernante.

Pero México es otra cosa y tendríamos que conformarnos, en el mejor de los escenarios (en primera instancia), con impedir que el próximo gobernante diga que se encuentra en el cargo por voluntad expresa de la mayoría de los ciudadanos, y ello no deja de tener algo de catártico…

Entonces, ¿realmente de que serviría anular el voto? A corto plazo, pues de nada, ya que independientemente de las siglas partidistas, asumirían al poder peones de la misma estructura caduca y enferma de ineficiencia y corrupción que nos gobierna desde hace décadas, pero en el fondo se daría otro paso en la vía pacífica, para gritarles a los que “no entienden que no entienden” que el mar de debilidad ciudadana y apatía social en el que están acostumbrados a navegar, se está secando.

Quién sabe, tal vez a uno o dos, hasta les de vergüenza seguir engrasando las maquinarias partidistas que hace muchos años dejaron de ser la solución para convertirse en el problema.
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