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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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01 Junio 2018 04:08:00
Elección ya definida
Existen carreras que se ganan por una nariz y otras por menos. El hijo desobediente y El mesías tropical protagonizaron uno de esos finales de fotografía en 2006. Sin embargo, en el derbi presidencial de este año, Andrés Manuel López Obrador aventaja a Ricardo Anaya por media pista, mientras José Antonio Meade se pierde en la lejanía. La intención de voto por AMLO (52%, Reforma/ 54%, De las Heras Demotecnia) da una idea del tamaño del enfado ciudadano, de la voluntad de cambio y del rechazo al PRI, al PAN y al Gobierno de Peña Nieto. Cuando la percepción se gana antes de las elecciones y la distancia entre los competidores es tan grande, el triunfo puede darse por seguro.

Si gobiernos exitosos como los de Bill Clinton y Barack Obama, cuyos niveles de aprobación eran de 66 y 64%, respectivamente, al final de sus mandatos, no pudieron asegurarle al Partido Demócrata un tercer periodo, aun cuando Al Gore y Hillary Clinton recibieron más votos populares, el PRI de Peña Nieto menos podrá retener el poder el 1 de julio. Clinton libró a medias el escándalo Lewinsky. Para evitar un juicio por perjurio, reconoció haber tenido una “relación inapropiada” con la becaria. Sin embargo, el desliz pudo haberle costado a Gore la Presidencia.

Peña afrontó su primer escándalo, mal y a destiempo. La “casa blanca” derrumbó temprano la credibilidad presidencial y jamás pudo recuperarla. Odebrecht, La Estafa Maestra y el Socavón terminaron por hundirlo en el “pantano mexicano”, prefigurado por The Economist a principios de 2015, mientras la clase política chapoteaba como en un día de campo. En su columna Bello, el semanario advirtió hace tres años: “Peña está esquivando la tarea más importante: castigar a los mandos políticos corruptos que son cómplices del crimen organizado. Y el propio Gobierno está marcado por el escándalo. (…) Si se toman en serio la lucha contra la corrupción, los líderes políticos de México pueden mirar a Brasil”.

En 2016, el Senado brasileño destituyó a la presidenta Dilma Rousseff, investigada inicialmente por el escándalo Petrobras-Odebrecht, por falsear las cuentas públicas. En julio de 2017, el expresidente Luiz Inacio Lula da Silva fue condenado a nueve años de cárcel por recibir favores de una constructora que le remodeló una vivienda. Las obras costaron 1.1 millones de euros (1.28 millones de dólares; en México, la “casa blanca” costó 8 millones de dólares) a cambio de contratos del Gobierno. La sentencia se amplió a 12 años en enero pasado por corrupción pasiva y lavado de dinero.

La Operación Autolavado (Lava Jato), iniciada en 2013, ha sacudido a la corrupta clase política y empresarial de Brasil y otros países. Las investigaciones del Departamento de Justicia de Estados Unidos sobre el caso Odebrecht transitan por otra ruta, pero varias veces se han cruzado con las del juez brasileño Sérgio Moro, nombrado en 2016 como uno de los 50 líderes más influyentes del mundo por la revista Fortune. En febrero de 2014, el presidente Peña Nieto apareció en la portada de la revista Time con el título “Salvador de México”. Hoy es el líder peor calificado. El 77% desaprueba su gestión, en tanto que para el 62% la elección presidencial ya está definida, por AMLO, según la encuesta de Reforma (30-05-18). “El poder desgasta, sobre todo cuando no se tiene”, sentenciaba Giulio Andreotti. Peña y sus cofrades deben tomar nota.
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