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Xavier Díez de Urdanivia
Xavier Díez de Urdanivia
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Xavier Díez de Urdanivia es abogado (por la Escuela Libre de Derecho) Maestro en Administración Pública (por la Universidad Iberoamericana) y Doctor en Derecho (por la Universidad Complutense, Madrid). Ha ejercido diversas funciones públicas, entre las que destacan la de Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Coahuila, del que fue Presidente entre 1996 y 1999, y Abogado General de Pemex. Ha publicado varios libros y muy diversos artículos en las materias que constituyen su línea de investigación, e impartido conferencias, seminarios y cursos sobre las mismas. Actualmente es profesor de tiempo completo en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde imparte cátedra e investiga en materia de Derecho Constitucional, Teoría y Filosofía del Derecho y Teoría Política. También es colaborador de la página editorial de Zócalo y de Cuatro Columnas (de la Ciudad de Puebla), y lo ha sido del Sol del Norte y El Diario de Coahuila, así como de los noticieros del Canal 7 de televisión de Saltillo, Coah.

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15 Abril 2018 04:00:00
Elecciones y crisis de las instituciones
Nos equivocamos quienes pensábamos, y así lo dijimos, que el tema central de estas campañas sería la corrupción.

Lo que se ha visto es, en cambio, pura y simple propaganda. Los candidatos, en ausencia de propuestas claras, se han enfrascado en el autoelogio y el golpeteo, tratando de espantar al electorado con el petate del muerto, al puntero en las encuestas.

La corrupción, que no deja de tener presencia en el escenario, ha cedido su lugar a un tema de más fondo: la crisis de las instituciones.

El descrédito, la decepción y hasta el rechazo iracundo a todo lo que huela a política ha llegado a niveles elevadísimos, tanto como ha sido la irreflexiva y errónea entronización de la esperanza en los mitos que se han creado en torno de ellas, en parte por ignorancia, en parte por falta de sentido de responsabilidad y en parte por una desidia que está rebelándose –y revelándose– ya muy visiblemente.

Digo lo anterior porque se siguen oyendo, de un lado, promesas de los aspirantes presidenciales de hacer todo lo que en un “estado de derecho” les estaría vedado y humanamente es imposible: desde “reformaré la Constitución”, hasta reformar o modificar leyes (que muchas veces ya existen y sólo su desconocimiento los impulsa), hasta la creación de empleos y “defender la soberanía” cuando no está en peligro, pero diluirla soterradamente en muchos otros momentos, o abusar de ella como ocurre
cotidianamente.

Pero también entre la ciudadanía se trasluce la otra cara de la moneda, aquella que, irreflexivamente, espera que el presidente resuelva todos y cada uno de los problemas del país y hasta los personales de cada uno de sus
habitantes.

Las circunstancias pueden variar y los eventos, pero la actitud es la misma: el presidente se ha convertido en el imaginario popular en una especie de todopoderosa deidad, capaz de hacer llover en el desierto y dar instrucciones a los gobernadores y alcaldes, no sólo a sus secretarios y demás integrantes del gabinete.

Se le pide “no perdonar a los delincuentes”, tanto como “poner penas más fuertes” para que se haga “justicia”; se le responsabiliza por la inseguridad, tanto como por las decisiones de los tribunales. La infalibilidad, además de la omnipotencia, se antoja, así, un requisito para ejercer el gobierno imperial del que tanto se queja la gente, pero del que tanto espera que haga.

En la causalidad de ese círculo vicioso hay una inercia que los regímenes de gobierno han sabido aprovechar, reforzándola incluso: el paternalismo, que obstruye el camino a la madurez y que por contrafuerte que lo soporta tiene la comodina actitud, por infortunio muy generalizada, de esperar todo del Gobierno.

En medio de todo, las instituciones –que no son otra cosa que “redes de relaciones”– quedan bailando en el vacío, porque su sustento social falta y, además, han sido sobreexplotadas por aquellos para quienes ha convenido, política y económicamente el abuso.

Son ellas, en todo caso, un instrumento de convivencia, tan útil y bueno como sea la función con que se emplee y tan diestro quien lo haga; tan inútil o pernicioso según sea lo contrario.

La crisis de las instituciones que no es privativa de México, por cierto es crisis de las estructuras sociales, que se han vuelto inadecuadas para una circunstancia mundial muy distinta de lo que era hace apenas medio siglo.

El camino del rescate institucional pasa por la responsabilidad, personal y social, de los individuos, que sólo en sociedad pueden desarrollarse, y si cada uno es sí mismo y su circunstancia, se impone respetar esta última y diseñar el orden conforme a razones valoradas como deseables de manera generalizada en la comunidad.

Siempre hacen falta los líderes, pero no existe ninguno que pueda, por sí mismo y sin el concurso ordenado de todos, resolver los problemas del grupo.

Hay que tener eso en cuenta a la hora de votar, pero también en todo otro tiempo.
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