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Rodolfo Naró
Rodolfo Naró
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Rodolfo Naró, nació en Tequila, Jalisco, el 22 de abril de 1967. Es autor de varios libros de poesía, casi todos reunidos en la antología Lo que dejó tu adiós (2016), así como de las novelas El orden infinito (2007), finalista del Premio Planeta Argentina 2006, Cállate niña (2011) y Un corazón para Eva (2017). Twitter: @RNaro

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24 Junio 2017 04:00:00
Elegir el mañana
Elegir también pueden ser una ilusión surrealista. Andar un laberinto a ojos cerrados. Tratar de vencer al gran dinosaurio, perdón, minotauro que, como a niños de primaria, con un tirón de orejas nos vuelve a la realidad. Ayer soñé que viajaba en metro. Era de noche. Llevaba un iPad que debía de entregar al final de mi viaje a Juan Pablo Vasconcelos. En un descuido, dejaba el aparato en el asiento de al lado y yo mismo me decía: mejor póntelo en las piernas, se te va a olvidar.

Era el metro de la Ciudad de México, ni siquiera el tren del célebre Harry Potter, lo comprobé al bajarme en la estación Pantitlán. Y en el momento justo en que escuchaba cerrarse las puertas vi por la ventanilla el iPad sobre el asiento. Mi elección, nada lógica, fue cambiarme de andén para alcanzar ese tren. Corrí a largos pasos en la dirección contraria y, al bajar las escaleras eléctricas, del otro lado del andén me encontré en el interior de un Sanborns, cerrado, porque ya casi era la medianoche.

Los anaqueles de la tienda estaban cubiertos por gruesos plásticos y cintas amarillas como las que usan en los peores asesinatos de CSI. Elegí cruzar la tienda para volver al metro y como si fuera el Sanborns universal, a cada paso se multiplicaban los pasillos con anaqueles cubiertos. Mi reproche seguía siendo el mismo: “te lo dije, no dejes el iPad en el asiento de al lado, se te va a olvidar”.

Al llegar por fin a la puerta de la tienda, le pregunté al vigilante por la salida y el hombre me señaló otra escalera eléctrica. Corrí hacia ella y al llegar a la planta baja dieron las 12 de la noche. Un reloj de campana anunció la hora en el interior de mi oído. “No puede ser”, me dije, “el tipo me engañó”. No estaba en la estación del metro, sino en un escenario que yo no había elegido: el foro de un teatro, en el ensayo de un coro de monaguillos. Sin decir buenas noches crucé el escenario y a la mitad de mi camino los niños me impidieron el paso. Eran como un rebaño de ovejas que no cantaba, reían. Me miraban y reían al tiempo que mi celular sonó y en la pantalla se desplegó un nombre: Juan Pablo Vasconcelos.

Intenté tomar la llamada, pero el teléfono no enlazó. “Maldito Telcel, sigue siendo una mierda”, me dije. Recordé el iPad al verme rodeado de ovejas con piel de niño. Transpiraba, sentí que me asfixiaban, que se me trepaban hasta la cabeza cuando apareció el director del coro y gritó: “¡Apague ese celular!”. Con su batuta, como espada de Darth Vader me señaló, en Mí menor, la salida.

Ya sin el celular en la mano, salí entre bambalinas y mi última sorpresa fue que tampoco llegué al metro ni a la casa de mi amigo, no había iPad en mi memoria, no había teatro, tampoco niños, ni Sanborns ni recuerdo del pasado, estaba en la plaza de Tequila, rodeado de toda la armonía de mi infancia. Todo era tan real. Veía el kiosco, los árboles, las bancas. Respiraba hondo, tranquilo y cuando por fin, seguro de mí, elegía dar un paso hacia ese nuevo país, una mano me jalaba de la oreja. Era el señor cura que me llevaba de regreso a misa.
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