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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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09 Agosto 2017 04:00:00
EMB: 86 y contando
Los políticos de antaño –no todos, claro– se valoran conforme afloran nuevos escándalos de corrupción que involucran a esposas y amantes, hasta hace poco intactas; no por fala de méritos, sino de arreglos no escritos que envilecen la política. El presidente Peña Nieto, con su tino característico, ponderó a los entonces gobernadores Roberto Borge (Quintana Roo), Javier Duarte (Veracruz) y César Duarte (Chihuahua) como la “nueva generación” de su partido. Hoy los dos primeros están presos y el tercero prófugo por uñas largas. Otros caerán, tarde o temprano.

El público sospecha cuando se habla bien de los políticos, sobre todo en los medios de comunicación, incluso cuando, en casos excepcionales, merecen aplauso, pues sin excepción los consideran deleznables. Razones y ejemplos abundan. Sin embargo, es injusto que por los corruptos –con fuero o sin él–se juzgue a todos. Los gobernantes y servidores públicos íntegros y respetables no se advierten, pero en el pecado de su silencio frente a los venales llevan la penitencia. Un cargo de elección popular o en la Administración equivale hoy día a una especie de premio gordo, el cual, a diferencia de la lotería, se puede cobrar cada 24 horas por cantidades mayores. La cornucopia es para la familia, los amigos, los compadres, los cómplices y puede durar toda la vida, aunque los puestos tengan fecha de caducidad.

El adagio juarista según el cual “los funcionarios públicos (…) no pueden improvisar fortunas ni entregarse al ocio y a la disipación, sino consagrarse asiduamente al trabajo, disponiéndose a vivir en la honrada medianía que proporciona la retribución que la ley señala”, se hace añicos al chocar con mansiones amuralladas, albercas climatizadas, autos y camio-
netas suntuosos, cuentas multimillona-rias, empresas fantasma y otras reales pero escondidas, lujos y todo tipo de excentricidades. Ser “un político pobre” es en estos tiempos motivo de escarnio. Y para evitar la vergüenza, mejor empobrecer al pueblo.

Hace unos meses, un amigo coincidió en un vuelo con el exgobernador Eliseo Mendoza Berrueto. “¡Oye –me dijo sorprendido–, viaja en clase turista… y los aprendices de político, en primera! Creo que sí fue honrado”. “Lo es”, repliqué (aclaración de interés, soy amigo de don Eliseo y en su Gobierno fui director de Comunicación Social), y a sus 86 años aún trabaja. “Para sacar la papa”, responde cuando le pregunto sobre sus viajes y proyectos. La semana pasada lo visité en La Conchita, donde fue sometido a un cateterismo cardiaco exitoso. (Mi hermano Javier tuvo una experiencia infernal en el mismo establecimiento. Su esposa entró mal y salió peor; todavía no se restablece.)

El sábado pasado le telefoneé. “¿Cómo se siente?”. “Bien, estuve en la Ciudad de México. Fui y regresé el mismo día (viernes)”. “¡Cómo, si el martes lo operaron!”. “Pues sí, el presidente del PRI nos invitó a un grupo de exgobernadores a un desa-yuno. Después visité a otros amigos”. En un viaje previo, también a la capital, fue recibido por varios secretarios de Estado. Incluso se ha hecho amigo del jefe de la Defensa, Salvador Cienfuegos, quien ha tenido con él algunas deferencias. Como si su gobierno hubiera terminado ayer y no hace 24 años.

Eliseo Mendoza es un hombre bueno. Fue un buen gobernador y como exgobernador también se ha comportado. Amigo culto, divertido, respetuoso y pendiente de sus amigos, su ejemplo nos recuerda que la política es otra cosa, no la que ahora vemos.
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