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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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20 Enero 2018 04:00:00
En el injusto medio
Pocos juicios tan temidos como el de mediocridad, sobre todo por los mediocres, aquellos que se guían por la opinión ajena. Temen tanto ser considerados medianos, en una sociedad donde esto es además la regla oculta para ser plenamente aceptado, que se paralizan creyendo alejarse del fracaso, y sólo se alejan de lo único que no es mediocridad: los sucesivos despertares de conciencia que nos llevan a trascender nuestra materialidad.

Por algo Stephen Covey ha señalado que “quienes viajan por el camino inferior de la mediocridad viven el ‘software’ cultural del ego, la competición, la escasez, la comparación, la extravagancia y el victimismo”, paradigmas de la conciencia humana primitiva que aún rigen de manera subterránea nuestras vidas. Tanto así que tratamos de sobreponerles, desde la perspectiva light de la new age de la espiritualidad, conceptos como abundancia y unicidad a partir de la repetición constante de decretos “positivos”, ahorrándonos la alquimia de nuestro plomo en oro, es decir, tratando de saltarnos el paso de la imprescindible sanación emocional, porque duele.

Sólo vencer nuestros miedos, cosa posible únicamente a través de la alquimia emocional, nos permitirá salir de la verdadera mediocridad, la de una mente dormida, cero analítica, ignorante de sí misma, moldeada y dirigida por creencias impuestas, que amanece y anochece en automático, sigue operando igual mientras dormimos y nos arrebata el descanso, la tranquilidad y la felicidad, porque está llena en un 90% de los temores del Pithecanthropus erectus, trasladados a las vicisitudes de la vida moderna.

“No existe la mediocridad, lo gris. Sólo existe nuestro miedo. Miedo de crecer, miedo de abrirse a las emociones. Miedo de descubrir que no hay ninguna jaula alrededor, sino sólo libertad, aire. Y si levantamos apenas la mirada, el espacio infinito del cielo”, dice, creo que con toda razón, la novelista y documentalista científica Susana Tamaro.

La mediocridad, o medianía tirándole a malito, está en las zonas de confort, esos espacios interiores donde la conciencia duerme para protegernos de aquello cuyo poder aumenta de manera directamente proporcional a nuestro esfuerzo emocional por alejarnos de él: el miedo.

La emoción en el ser humano es un poderoso vehículo vibratorio que nos lleva hacia la evolución o hacia la entropía, según la imprimamos de amor o de miedo.

La mediocridad, ese tratar de mantenernos estáticos, cómodos, con una insatisfactoria estabilidad sostenida por alfileres, tiene diversas formas de manifestación, entre otras:

1.- Envidia: quiero todo lo que tienes sin esforzarme por ello. Debido a que es imposible, desearé y hasta haré algo para que tú no lo tengas.

2.- Conformismo: no hago nada porque nadie hace nada. Si alguien puede hacerlo, que lo haga él, si nadie puede, ¿por qué yo?

3.- Victimismo: no soy responsable de lo hago porque no soy culpable de lo que me pasa.

4.- Aversión agresiva: Todo aquello que está fuera de mi alcance o de mi entendimiento es amenazante. Por tanto, lo odio, monto en ira ante su persistencia, lo condeno y lo ataco con saña.

5.- Pereza: puedo hacer más, pero no quiero.

6.- Arrogancia: humillo a otros porque es algo que me hace sentir importante.

7.- Extravagancia: Seré escandalosamente diferente, raro, incluso grotesco, para destacarme.

8.- Kakonomía (economía de lo malo o cultura del mínimo esfuerzo): prefiero que el otro haga menos para que yo no tenga que hacer más o quede en evidencia que nunca lo hago. Sin embargo, pondré mi expectativa en que dé lo mejor de sí.

Queda claro que la mediocridad no es la falta de logros ni de mérito ni de éxito, sino una mezcla de pobreza emocional y pereza mental que no nos permite ver más allá de nuestras narices, pero desde la cual queremos organizar el mundo. Por eso es que hay mediocres muy notorios y, sobre todo, peligrosos.

Si el justo medio es la prudencia, el injusto medio es la mediocridad.
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