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David Boone de la Garza
David Boone de la Garza
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10 Abril 2017 04:00:00
En las mismas sombras, se proyectan distinto
Cuentan que una vez había un árbol en medio de un bosque ubicado en el centro de una vieja ciudad. Por las noches mucha gente solía atravesarlo. En cierta ocasión, lo hizo un ladrón, el cual, al ver la silueta de un policía corrió desbocado temiendo ser aprendido, hasta tropezar con una enorme raíz que lo hizo caer, golpearse la cabeza y morir al instante.

Otro día, cerca de la media noche, un joven caminaba por ese mismo lugar, al ver la silueta de una hermosa mujer creyó recibir un mensaje divino que lo hizo salir disparado a pedir perdón a su amada, con lo que recuperó su amor y vivió feliz para siempre a su lado.

Tiempo después, cuando cayó la tarde, un pequeño niño al ir tras su pelota se encontró perdido en el negro mar de viejos y enormes árboles, al ver la silueta de un monstruo de tres cabezas explotó en llanto y caminó hasta que encontró la salida, pero su trauma fue tan grande que sólo pudo superar el miedo a la oscuridad hasta la edad adulta.

En los tres casos, el árbol y su sombra eran los mismos. No había ni policía, ni hermosa mujer, ni monstruo de tres cabezas. Esta breve historia, conocida como la Parábola del Árbol, es un recordatorio acerca de la debilidad humana, la madurez y los equilibrios, la sabiduría y la humildad; una sencilla lección sobre los efectos de los vicios y las virtudes. En las mismas sombras las personas se proyectan de modo radicalmente distinto, reflejan sus temores o sus conquistas. Los primeros emergen de la inmadurez y la ignorancia. Las segundas, de la experiencia y el carácter.

Reflexionar constantemente con respecto a las flaquezas y fortalezas propias es vital para alcanzar un mayor grado de sabiduría y humildad, valores esenciales para lograr la efectividad y trascendencia de las acciones y, sobre todo, la felicidad (concepto abstracto, pero relativamente medible).

“Aunque no siempre llega con los años, la sabiduría sólo llega con ellos”. Alguna vez escuché esta breve frase y me hizo pensar en lo determinante que es la madurez para obtener los resultados esperados y que éstos justifiquen dignamente las cosas que hacemos y los retos que asumimos. Según el diccionario (RAE, 2017), “madurez” es el “periodo de la vida en que se ha alcanzado la plenitud vital y aún no se ha llegado a la vejez”.

Del pensamiento de Santo Tomás de Aquino, se desprende que la sabiduría, ubicada en el origen y centro de su pensamiento, es el más supremo de los hábitos intelectuales y cognoscitivos, y se obtiene a través del entendimiento con base en las virtudes y los conocimientos. Madurez y sabiduría forman un binomio fundamental para alcanzar la paz, armonía y el bienestar en la vida, para observar las sombras con el velo de la valentía y no el del miedo. De ahí que Platón sostuviera que en realidad “el único mal verdadero es estar privado de la sabiduría”.

Ser humildes es estar conscientes de la esencia humana, de lo verdaderamente importante, no perder de vista las debilidades y limitaciones propias, y reconocerse en los demás. Teresa de Calcuta compartió determinadas formas a través de las cuales puede practicarse el valor de la humildad; éstas son algunas de ellas (Aleteia, julio, 2016): hablar lo mínimo posible de uno mismo; mentalizar los propios quehaceres; aceptar contradicciones y correcciones alegremente; ser amable y gentil, incluso bajo provocación; nunca pisar la dignidad de alguien, y escoger siempre lo más difícil.

Alcanzar un nivel más elevado de sabiduría y humildad no es sencillo. Hacer ejercicios constantes de introspección a fin de encaminarse hacia el cambio o la transformación personal son medidas que pueden contribuir a ello. De acuerdo con Stephen Covey, el cambio, orientado a construir un carácter de integridad total y vivir una vida de amor y servicio no es algo fácil; sin embargo, señala este profesor experto en liderazgo, es posible y “comienza con el deseo de centrar nuestras vidas en principios correctos, de romper con los paradigmas creados por otros centros e irrumpir en las zonas cómodas de los hábitos inconvenientes”.

Redescubrir los principios y valores universales, asumirlos como propios, y hacer un esfuerzo consciente todo el tiempo, en cada acto que se realice, para actuar con base en ellos, así como practicar la solidaridad y el altruismo, son cuestiones básicas para trabajar en la sabiduría y la humildad. No se olvide que al final de cuentas de ello depende que una vida tenga sentido más allá de su sola existencia o carezca de él; que figure o desfigure sombras.
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