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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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11 Agosto 2016 04:00:56
¿En qué quedó  Harvard, Mr. Zurdo?
¿Renunció usted a su cátedra o le pidieron la renuncia? Si abandonó el aula voluntariamente, ¿fue porque prefirió venir a impulsar la candidatura de su Margarita para el 2018? Durante su estancia en Los Pinos fue usted altanero e inaccesible, pero mudanzas de convenenciero cuando busca la reelección por interpósita persona: usted, el mediocre altanero de mecha corta que no refrenaba su temperamento para descargar bilis negra en sus colaboradores cercanos, ahora no se despega del teléfono y, sonrisa y vocecita melosa, suplica de algún su amigo y de tantísimos de sus malquerientes que con su voto lo apoyen para continuar su carrera política como presidente. Esta vez del DIF. Pues sí, pero se lo advierto:

En el DIF no pudiese reproducir la campaña que tanta fama internacional le edificaron decenas y decenas de miles de cadáveres, decenas de miles de heridos y otras tantas de desaparecidos, con un “daño colateral de apenas” el 10 por ciento. Quizá añora usted las poblaciones desiertas una vez que sus habitantes huyeron de la mortandad. Añora, tal vez, aquel uniforme verde olivo que, como todo lo que se echa usted encima, le quedó grande. Si tal es la situación, Mr. Zurdo, creo que debe desengañarse.

Influencia cobraría usted entre la población infantil relacionada con el DIF, pero ya no tuviese el poder para convertir cada soldado del ejército en gendarme que descargase las de alto poder contra chamacos traviesos y niñas maleducadas. Ayotzinapa, Nochixtlán y anexas, ya ve, otro fue el que se llevó el prestigio. Su turno ha pasado, señor. Ya no está usted para cavar más fosas clandestinas. Ni siguiera la suya. Ni esa.

Porque con todo y el contacto que pudiese tener entre la población infantil del DIF, ya no posee usted la fuerza de los dos infanticidas históricos, uno execrado y el otro exento de reproches o extrañamientos. Intocable. Uno fue Herodes, que según incierta leyenda mandó asesinar a cuanto niño topasen los escuadrones de soldados comisionados para el genocidio. El otro fue el bíblico Yahavé, cuando el faraón egipcio permanecía renuente a perder sus miles de esclavos judíos. Dios, entonces, (el de la Biblia) por ablandar el ánimo del testarudo, comisionó a alguno de sus ángeles para que asesinara a todo primogénito de madre egipcia que en esos momentos durmiese en su cuna. ¿Alguna culpa de los asesinados? ¿Algún crimen habían cometido todos los niños ahogados en el diluvio universal y los requemados en la hornaza de Sodoma y Gomorra?

Tales genocidas, Mr. Zurdo, tenían el poder para el exterminio. ¿Pero usted hoy día?

En fin, que de Harvard volvió, y no entiendo cómo fue que las autoridades universitarias se hayan resignado a prescindir de un catedrático de la alzada de usted. Volvió a habitar entre nosotros, que la desmemoria de sus paisanos, señor, es prodigiosa. Yo, mientras tanto, aprovecharé el día 13 del presente mes para felicitarlo. No, señor, no por alguna de sus acciones, que no soy tan desorbitado como para suponer que en su currículo existe alguna por qué felicitarlo. Si lo hago es porque el 13 es el Día Internacional de los Zurdos, y usted, según lo proclama su biografía personal, ha sido zurdo en todo y en toda su vida. Siniestro, en verdad. Paso entonces, con este pretexto, a referirme al susodicho Día de los Zurdos, comenzando con el más venerado del panteón náhuatl, el Mao Tze Tung de la “larga marcha” meshica: Huitzilopochtli.

(Más de los zurdos, mañana).
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