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Xavier Díez de Urdanivia
Xavier Díez de Urdanivia
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Xavier Díez de Urdanivia es abogado (por la Escuela Libre de Derecho) Maestro en Administración Pública (por la Universidad Iberoamericana) y Doctor en Derecho (por la Universidad Complutense, Madrid). Ha ejercido diversas funciones públicas, entre las que destacan la de Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Coahuila, del que fue Presidente entre 1996 y 1999, y Abogado General de Pemex. Ha publicado varios libros y muy diversos artículos en las materias que constituyen su línea de investigación, e impartido conferencias, seminarios y cursos sobre las mismas. Actualmente es profesor de tiempo completo en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde imparte cátedra e investiga en materia de Derecho Constitucional, Teoría y Filosofía del Derecho y Teoría Política. También es colaborador de la página editorial de Zócalo y de Cuatro Columnas (de la Ciudad de Puebla), y lo ha sido del Sol del Norte y El Diario de Coahuila, así como de los noticieros del Canal 7 de televisión de Saltillo, Coah.

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20 Enero 2019 04:00:00
Entre el poder y la fuerza
En el centro del debate político de nuestros días, está la tensión que se da entre el poder, especialmente el político y la fuerza. Esa cuestión, a mi juicio, merece una mayor reflexión.

La confusión entre “poder” y “fuerza” es frecuente, tal vez por la fuerte reminiscencia de Weber, que permanece impregnado en las corrientes dominantes del pensamiento en la materia.

Da la impresión de que se pierde de vista que los sistemas sociales siempre se forman a través de la comunicación -solo así pueden establecerse los vínculos- y ella suponen procesos de selección entre opciones diversas, que solo podrá realizarse si se está en libertad de aceptarlas o rechazarlas.

En ese contexto, el poder tiene que ver con la capacidad de orientar, y con ello distribuir, las preferencias ante las alternativas posibles y, por lo tanto, depende mucho de cómo se planteen las ofertas de ellas. Supone la existencia de opciones en quien lo tiene y en quien es objeto de su ejercicio e implica, si es efectivo, influir en la selección de las acciones u omisiones propuestas, frente a otras posibilidades; por eso es mayor si es capaz de mantenerse incluso a pesar de otras posibilidades de acción que pudieran ser atractivas y aun podrá aumentarse cuando se aumente la libertad de elección para quien sea objeto de él.

Si el poder supone libertad de elección, debe diferenciarse de la fuerza, que reduce a cero las opciones para quien por ella se vea limitada. Emplear la coerción implica, por eso, renunciar a las ventajas que proporcionan los símbolos generalizadamente aceptados -es decir, los valores compartidos- que guían la selectividad de cada miembro de la sociedad. Quien ejerce la fuerza asume la carga de seleccionar y decidir; la coerción, por tanto, se da donde y cuando hay carencia de poder.

Por eso, la capacidad de inducir una conducta determinada en otro u otros es específicamente política cuando esa capacidad se inscribe en el orden totalizador de una comunidad determinada -hasta hoy y desde el renacimiento, típicamente el estado- y es suficiente para influir en el curso de las decisiones y acciones propias de sus funciones, sin importar si la fuente de esa capacidad es económica, ideológica, cultural o de cualquier otra naturaleza, y no importa si esa capacidad se expresa –o es expresable- en un ambiente de conflicto o de concordia, aunque comúnmente se reconoce sobre todo en aquél.

Fuerza y poder son cosas diferentes; es más: se excluyen recíprocamente. El poder es siempre capacidad de hacer algo, y en el terreno de las conductas sociales, ese “algo” consiste en conjugar las voluntades individuales, de manera generalizada o cuando menos mayoritaria, para orientarlas articuladamente hacia un propósito o propósitos determinados. Es, si se quiere, poder de convicción.

Así las cosas, el grado poder político se define por la capacidad de mover voluntades hacia el rumbo que señala otra en cuestiones relevantes para la vida comunitaria. Necesita, por tanto, ser ejercido por alguien, pero también acatado por otros que, si son suficientemente numerosos, determinarán el rumbo colectivo o, cuando menos, influirán en él.

En el contexto sociopolítico del tiempo que corre, es claro que las posibilidades de opción se han visto disminuidas, habiendo sufrido un paulatino deterioro desde hace ya mucho tiempo.

Revertir esa tendencia requerirá algo más que discursos y negociaciones de coyuntura; hacen falta adecuaciones estructurales, no solo ni principalmente en las leyes, sino en la cultura cívica, para recuperar los valores genuinos.

Recuperarlos, es tarea de todos; en el diálogo, no en la diatriba. No estaría mal tener presente, para ello, lo que escribió Hermann Hesse en “Narciso y Goldmundo”: “No es nuestro objetivo fundirnos los unos en los otros, como tampoco lo hacen el sol y la luna o el mar y la tierra. Nuestro fin es reconocernos mutuamente y aprender a ver y a honrar en el otro lo que es: contraposición y complemento de uno mismo”.
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