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Yuriria Sierra
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17 Julio 2016 04:01:04
Erdogan y Dios
Terribles días los que se han vivido en Europa en los últimos meses. Los ataques terroristas en varios puntos de ese lado del mundo han dejado muertos, heridos y a una sociedad que ha tenido que normalizar esa constante como parte de una realidad de la que poco entienden ellos, de la que poco entendemos nosotros. Francia se recuperaba del ataque a la redacción de Charlie Hebdo cuando sucedieron los ataques en varios puntos de París. Ya antes un atentado en Ankara, la capital turca, había marcado un saldo de violencia. Después llegó Bruselas y, de nuevo, Turquía y el aeropuerto en Estambul. Hace menos de 48 horas, Niza, también ciudad francesa, fue el nuevo objetivo de ataques orquestados y sustentados en una religión, el islamismo, que “yo no sé qué es, creo que se trata de una teoría con fines políticos”, como refirió el inteligentísimo Boualem Sansal en una entrevista hace un par de meses (él, ganador del
Premio de la Academia Francesa por una maravillosa novela distópica 2084, en donde retrata lo que le sucede a un régimen teocrático en el que la adoración a “Yölah”, el Dios único, provoca que el protagonista de la historia comience a cuestionar si todo lo que ve a su alrededor tiene sentido, si la sociedad en la que vive sólo tiene esta opción para vivir, así sea como un muerto en vida).

Y cuando nos encontrábamos aún en shock por el atentado en Niza y en la tarea de comprender qué y por qué sucedió la atrocidad cometida en la máxima celebración nacional francesa, tuvimos que hacer una pausa a golpe de fuerza y girar la cabeza, de nuevo, hacia Turquía. El régimen de Recep Tayyip Erdogan, el presidente de ese país, enfrentaba una insurrección militar. El intento de un golpe de Estado amenazó su presidencia, su territorio, el movimiento final
de un grupo militar secular que ha actuado como oposición del gobierno de Erdogan que, aunque elegido por vía democrática, se ha instaurado como una hegemonía donde su partido poco a poco ha ido aniquilando las prácticas democráticas, sobre todo, para los territorios donde se concentran los grupos que no son religiosos. Turquía es tal vez el lugar más interesante de Europa en ese aspecto: no sólo es un territorio que ha sido sede de cuatro imperios, sino que
hoy es el puente entre Occidente y Oriente Medio. La primera frontera que cruzan grupos radicales como ISIS para viajar a países de Europa, o viceversa.

Los puentes y las fronteras cerradas. Lo mismo su espacio aéreo y los canales de televisión pública. Le siguieron las redes sociales y el toque de queda que obligó a los ciudadanos turcos, religiosos o no, a permanecer en sus casas. Vaya tiempo del que nos tocó ser testigos: Erdogan, huyendo, tuvo que enviar un mensaje a su nación vía FaceTime y por la misma vía conceder una entrevista en la que llamó a la gente a la resistencia civil. Jamás nunca habíamos
visto algo parecido. Su imagen en la pantalla de un teléfono celular que era tomado por la cadena CNN, mientras los sublevados transmitían sus mensajes con los fierros de la televisión pública. La posmodernidad y toda su tecnología en tiempos en que los hombres vuelven a derramar sangre en el nombre de Dios (sí, así como en la Edad Media, el oscurantismo occidental).

Me decía ayer Maruan Soto Antaki, experto en temas de Medio Oriente, que con la posibilidad de un golpe de Estado exitoso, los militares podrían llamar a elecciones o bien, como ha sucedido en otras ocasiones (Egipto, por ejemplo) podría llegar una dictadura operada por la milicia.

Sin embargo, no pasaron más de tres horas, y el conflicto dejó a un lado el toque de queda impuesto por los militares. La gente salió a las calles, respondió el llamado de su Presidente y se dio como fracasado el golpe de Estado. La calma, aun así, no regresó de inmediato, porque esto sienta importante precedente para los turcos, sobre todo, para su gobierno, quien ahora tiene en este fallido intento el sustento para posicionarse como un régimen mucho más duro
con sus opositores. Tal como me decía Soto Antaki como la tercera terrible posibilidad: que un golpe fallido podría representar la anhelada oportunidad para que Erdogan terminara de consolidar sus planes autoritarios. “El golpe es un regalo de Dios que servirá para limpiar al Ejército”, dijo Erdogan al término de esta triste madrugada turca. Porque Dios es el que ha dado la carta y el regalo de tantas dictaduras en la Historia de la humanidad. Dios, ese gran dictador
con tantos nombres otorgados por el hombre.
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