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Cristina Orozco
Cristina Orozco
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05 Agosto 2017 04:08:00
Es por el Santo Cristo
Tres fiestas confirman la identidad religiosa de los saltillenses. La del Santo Cristo, la del Cristo del Ojo de Agua y fiesta de San Francisco. Se festejan por tradición con música, baile, venta de productos, procesiones y misas.

La leyenda dice que un 6 de agosto, cuando nuestra ciudad era llamada la Villa de Santiago del Saltillo, frente a la Plaza de Armas pasaban unos lugareños, quienes vieron acercarse a una mula sin arriero, en su lomo cargaba un cajón de madera cerrado. La mula solitaria, al llegar frente a la Plaza de Armas detuvo su lento y cansado andar. Nuestros ancestros curiosos se acercaron y abrieron el cajón, la escultura del Santo Cristo estaba dentro. Desde entonces se difundió el milagro que cada 6 de agosto se celebra: el deseo del Santo Cristo de quedarse en nuestra tierra.

Esta fiesta se celebra desde entonces en el ombligo de la ciudad. Entre la Catedral y el Palacio de Gobierno. Con danzas de matachines y tlaxcaltecas, con música de tambora y violines, con puestos de artículos de todo tipo, como fayuca cara y barata, comida típica y ahora también internacional como la pizza, la “burger” y el falafel (taco griego). Es una verbena familiar animada.

Para organizar esta fiesta tradicional tan esperada es necesario hacer un plan que se ajuste a las necesidades de todos los involucrados; más de 100 mil personas son fervientes seguidores de esta tradición. Muchos de los comerciantes que vienen a ofrecer su cultura y mercancías son de otros estados de la República, acampan desde días antes para ocupar el espacio que se les asignó. Son muchos los detalles que se cuidan para hacer un evento de esta magnitud que crece en fama y asistentes año tras año, pero no en civilidad.

Desde un día antes las vallas de fierro, casi amarillas, cierran el paso en diversas arterias de circulación vital, esto quizá incomode a los ciudadanos que transitan en automóviles. Usted dirá:

–Es por el Santo Cristo.

Es necesario hacer ajustes de logística para acomodar a todos los comerciantes. Aún frente a la puerta de su casa, de su banqueta y su cochera. Usted dirá:

–Es por el Santo Cristo.

Habrá que tener cuidado con los cables de alta tensión y los transformadores; también colocan juegos mecánicos como los caballitos, la rueda de la fortuna, los carritos chocadores, las tacitas locas y la música estridente con la que operan estas máquinas está a decibeles tan altos que desafían las normas reglamentarias. Usted dirá:

–Es por el Santo Cristo.

La basura se empezará a acumular en los rincones de las aceras, los botes dispuestos ya no son suficientes. Se desbordan los desperdicios, vasos y botellas. Entre moscas, abejas, cucarachos y uno que otro roedor que de ahí se acerca invitado por los olores, usted dirá:

–Es por el Santo Cristo.

El olor a fiesta comienza a impregnarse en la zona. Con el calor del día y los toldos de plástico ajustados a menos de 1.75 de altura se alcanza a capturar la esencia misma del humano que vende y de lo que vende, de cada ingrediente que se utiliza para freír, sancochar, dorar y guisar las salsas de los antojitos. El olor de gente entre amargo y añejo lo hace contener su respiración hasta salir del toldo. Usted dirá:

–Es por el Santo Cristo.

Cuando termine la fiesta y tenga usted que transitar por estas calles para continuar su rutina, no se sorprenda si de repente tropieza al tratar de caminar saltando para evitar pisar los desperdicios de comida y las banquetas que estarán manchadas de grasa y sucio de todo aquello que el cuerpo humano no pudo retener.

–Es por el Santo Cristo.

Qué bueno sería hacer esta fiesta con civilidad y que el Municipio se encargara de proteger de los humanos a nuestro Centro Histórico. Que lo haga por el Santo Cristo, pero que lo haga.
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