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Dalia Reyes
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14 Noviembre 2017 04:00:00
Es precaución
Los fabricantes de fajas debieran proceder como los norteamericanos, quienes son muy precavidos, tanto que las etiquetas de las camisas incluyen los pasos para saber cómo meter los brazos sin causarse daño, so pena de una demanda millonaria al fabricante. El otro día, en un hotel texano, me entretuve bañándome más de una hora pues primero hube de leer el santo y seña de cuál pie meter primero a la bañera, abrir la llave en sentido correcto, evitar que el agua caiga directamente en la boca, los ojos o las orejas para evitar infecciones y/o atragantamientos, y no cantar bajo el agua porque se evocan espíritus indeseables o insultos del vecino.

El instrumento de tortura recomendado para lucir yo cual sílfide en una boda, parecía sumamente inofensivo a la vista. Estaba ahí, inánime. Las indicaciones solamente incluían amenazas tales como: Lavar a mano a 25 grados de temperatura; nada más indicaba su grado de peligrosidad.

No quisiera más información sobre los materiales, ni siquiera las advertencias de cómo queda una después de usarla: Surcada de por vida, con una costilla chueca y el pulmón cual coladera. Bastaba con lo siguiente: Primero va la faja y después viene la crema.

Acabé de bañarme y empecé ese ritual de mis “ancestras”: El embalsamado previo a un festejo. Inicié con la crema humectante y los potingues para disimular ojeras, arrugas, manchas, granitos, espinillas, barros, lunares. Es decir, Amon Ra y yo podíamos ser vecinas de sarcófago en ese momento. Decidí entonces enfundarme en la fajita. La acerqué amigablemente, introduje por ella mi cabeza. No habían pasado dos segundos cuando toda mi belleza artificial empezó a escurrirse por la cara.

Estaba maniatada con la prenda. Mis brazos hacia arriba tenían a medias la faja y la cara se me asfixiaba entre su 75 por ciento de elastano. No había manera de subir ni bajar aquello, así que respiré profundamente y dejé salir un grito de karate; con todo mi “fua” de por medio, sólo agravé el problema, pues acabó justo entre cuello y busto amenazando estirarme el cogote más allá de lo deseado.

Cuando transpiré toda el agua de mi cuerpo y, con ella, las carísimas cremas, ya había pasado la faja hasta el torso cambiando, en su camino, mi talla 34 a 28 “A”. Quedó por fin en su lugar y yo fuera de mí.

Intenté repararme el rostro, pero un calor infernal subía y bajaba por mi existencia permitiéndome apenas respirar. Se hacía tarde; no podía salir así. Llamé a mis familiares y justifiqué mi ausencia por síndrome de bochorno profundo. Ahora sólo quedaba deshacerme de la faja y tomé la mejor decisión de mi vida: Llamé a los bomberos y llené de lindezas a la mujer del consejo.


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