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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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29 Julio 2017 04:00:00
Esclava doméstica
Mi hermosa criada de altos pómulos como cálices rojos – está frente a mí con el humo del café – Mi hermosa criada pálida como un escualo – se continúa con sus luminosas espinas rosas en el pan – Mi hermosa criada de brazos redondos y complejos – se desvanece en la niebla perpetua.

El Día Internacional del Trabajo Doméstico, mis valedores. ¿Alguno de ustedes se percató de que el pasado día 22 la mala conciencia del mundo “civilizado” “celebraba” el día de la trabajadora del hogar? El surrealismo, a propósito: que los hombres trabajamos 27 horas y 24 minutos a la semana, mientras que la “criada” trabaja 58 horas con 18 minutos (¿?) por sueldos ínfimos, sin prestaciones laborales ni servicios médicos, a lo que hay que agregar la discriminación por parte de la patroncita: gata, india, chacha, floja, tragona, en fin. Ah, pero en México no existen racismo y esclavitud.

–¿No? Cuando yo trato de exigir mis derechos me responden: ¿cuáles derechos, si tú eres sólo la gata?

Por salarios de hambre estas modernas esclavas tienen que cumplir jornadas de labor de entre 14 y 16 horas, recibir un trato despectivo por parte de sus patrones y para todos ser la  “sirvienta”, la “criada”, la “muchacha”, la “gata”, y no más. Aun cuando integran más de 2 millones que luchan por mejorar sus condiciones laborales, son víctimas de explotación, discriminación, abusos y hostigamiento sexual; porque, como se jacta el  patroncito: –¡Para carne buena y barata, la de la gata! Abyecto.

Por que calculemos el trecho que nuestro país haya avanzado en materia de derechos humanos comparo aquí el trato que en la antigüedad se daba a la esclava con el que hoy tiene que soportar la trabajadora doméstica. La escenilla ocurrió en la Grecia de hace 25 siglos:

Corito: –Siéntate, Metro. ¡Y tú, levántate y acerca un asiento a la señora! Todo tengo que ordenártelo yo, porque tú, infeliz, no eres capaz de hacer nada por ti misma. Eres en esta casa no una esclava, sino una piedra. Pero cuando mides tu ración de harina, bien que cuentas los granos, y si cae un tanto así, el día entero estás rezongando y bufando, que ni las paredes te aguantan. Sí, ahora ahí lo estás frotando y sacándole brillo; buena hora es, bribona. Bendice a esta señora, que si no fuera por ella ya te estaría dando de palos.

Metro.– Querida Corito, a mí también me tienen sufriendo este yugo; también a mí me hacen temblar de rabia, y día y noche ando ladrando como perro tras estas malditas. Pero lo que me hizo venir a verte.

Corito: – ¡Largo de aquí, imbéciles! ¡Son ustedes todas oídos y lengua, y en lo demás, pura pereza!

¿El asunto llevó a la visitante hasta la casa de Corito? Preguntar sobre el fabricante de cierto adminículo  consolador de mujeres solitarias, que confeccionaba el zapatero. En 25 siglos, de la esclava a la “chacha”, ¿alguna evolución?

Así “exalta” a “las gatitas” el poeta Sabines: “Con la flor del domingo ensartada en el pelo, pasean en la alameda antigua. La ropa limpia, el baño reciente, peinadas y planchadas, caminan, por entre los niños y los globos, y charlan y hacen amistades, y hasta escuchan la música que en el quiosco de la Alameda Santa María reúne a los sobrevivientes de la semana (.) Las gatitas (sic), las criadas, las muchachas de la servidumbre contemporánea, se conforman con esto. En tanto llegan a la prostitución”. (¡!)

Ella, la esclava doméstica. (Vergonzoso).
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