×
Rodolfo Naró
Rodolfo Naró
ver +
Rodolfo Naró, nació en Tequila, Jalisco, el 22 de abril de 1967. Es autor de varios libros de poesía, casi todos reunidos en la antología Lo que dejó tu adiós (2016), así como de las novelas El orden infinito (2007), finalista del Premio Planeta Argentina 2006, Cállate niña (2011) y Un corazón para Eva (2017). Twitter: @RNaro

" Comentar Imprimir
27 Abril 2018 04:00:00
Ese llanto fácil
“¡Callen a ese pinche perro!”, gritaba Christian Obregón desde una ventana de mi casa. Eran las 3 de la madrugada y el perro del vecino tenía varias horas ladrando. Era un animal de guardia, pues esa casa funcionaba como oficina durante el día. Christian, sacudido por los calores de mayo, en calzones, sacaba medio cuerpo por la ventana y gritaba con todas sus fuerzas a lo profundo de la noche. Nadie respondía y el perro seguía en su afónico lamento de ladridos.

Desde hace un par de años esa casa dejó de ser oficina y ahora es un jardín de niños decorado como castillo de Disney, al cual llegan por lo menos una veintena de creaturas.

Niñas y niños que lloran por contagio. Sólo falta que uno comience con un puchero para que los demás lo consecuenten. La mañana es mi horario para leer y tomar notas, sin embargo, esos berridos sinfín, acompañados a veces por el grito de un niño que, al parecer, se debate entre la vida y la muerte, me desconcentran hasta la exasperación.

Según investigaciones de Pampers “los recién nacidos también pueden llorar por no estar aún adaptados a las luces brillantes, a ciertos ruidos o a la textura de algunas prendas de vestir”.

“Hay infantes más emocionales que otros, varones que, por un mayor apego a la madre, lloran más que las niñas cuando los dejan por primera vez en el kínder”, me explicó Gloria Martínez, educadora del colegio Asunción, de la Ciudad de México.

Pampers aconseja que, antes de la primera cita por enfermedad al doctor, se lleve a la niña o al niño al consultorio a hacer una visita de reconocimiento, para que conversen con el doctor, vean algunos instrumentos, sepan cuál es su utilidad y les pierdan el miedo; así, cuando vayan realmente a una consulta, los infantes estarán familiarizados con ese entorno, por lo que se sentirán más seguros.

“El llanto comunica, es la forma que tenemos a temprana edad de entablar un vínculo de sobrevivencia con nuestra madre. Ella aprende a distinguir los distintos llantos, por hambre, berrinche o dolor.

“El primero comienza con pequeños gemidos y poco a poco se incrementa, en el segundo es característico que el niño llore con ciertos intervalos de silencio para volver a llorar con más fuerza; el llanto por dolor no se calma con nada”, me dijo mi hermano Leonel, pediatra neonatólogo.

Un dolor semejante al del abandono sufrí cuando a los 4 años me llevaron por primera vez al kínder. Llegué de la mano de una empleada de mi casa y me dejó ahí sin ninguna explicación.

Recuerdo a un niño de cabello lacio sobre la frente, aferrado a los barrotes de una reja, convulsionado en llanto mientras una mujer, quien sería mi primera profesora, lo jalaba de la cintura y desprendía uno a unos sus deditos de aquella prisión.

Aunque aprendí a temprana edad a llorar ante un abandono, ahora, mientras leo o investigo en la placidez de mi estudio, no disculpo ese “llanto fácil” e histriónico de los niños del kínder Lucecita y como Christian Obregón, exasperado por los calores de abril, las lluvias de junio o los vientos de otoño, me dan ganas de gritar desde mi ventana: ¡callen a esos “dulces” niños!
Imprimir
COMENTARIOS



5 6 7 8 9 0 1 2