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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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25 Febrero 2018 04:08:00
¿Eso en el Senado?
Con la inclusión en las listas de legisladores plurinominales de Morena del exdirigente obrero (bueno, es un decir) Napoleón Gómez Urrutia, ahora sí quedó fuera de duda que el peor enemigo de Andrés Manuel López Obrador se llama Andrés Manuel López Obrador.

El tabasqueño parece obstinado en provocar el rechazo de grandes grupos de ciudadanos y aun de algunos de sus más fieles seguidores. Se diría que el todavía puntero en las encuestas en la carrera por la Presidencia abrió las puertas de par en par de Morena, en una suerte de “open house”, que aprovechó para colarse una horda de alimañas políticas altamente tóxicas y no pocos pillos impresentables. Todos, suponemos, apostándole al triunfo del Peje y deseosos de estar cerca de quien esperan empiece a repartir puestos a fines del año.

Su alianza con un partido medievalmente conservador y el descarado coqueteo con la profesora Elba Esther Gordillo levantaron las cejas –de sorpresa– de muchos. ¿Un político que intenta venderse como de avanzada pacta con un grupúsculo escapado de los sótanos de la inquisición? ¿Por qué ese acercamiento con Elba Esther, recluida en su prisión particular de cinco estrellas en la colonia Polanco de la Ciudad de México? La maestra, incluso suponiendo que haya sido aprehendida por motivos políticos, tiene bien ganada y comprobada fama de corrupta aficionada a la vida de dispendios y de compradora compulsiva de ropa y accesorios de marca, pagados por la fatigosa tarea de miles de profesores.

Un buen número de analistas explica esto como producto de la nueva imagen de López Obrador, que de político radical se transformó en un pragmático a rajatabla. Le interesa engordar a Morena, sin importarle si el alimento del partido procede de un basurero. Pero agregar a la lista a Napoleón Gómez Urrutia es la cereza de ese extraño pastel tabasqueño compuesto de cualesquier ingredientes, varios de ellos de probada eficacia como vomitivos.

Una sola vez he coincidido con Napoleón Gómez Urrutia. A su padre lo entrevisté en numerosas ocasiones, pero al príncipe heredero lo vi por primera, y espero que última vez, en la presentación de un libro, en Monclova.

Un periodista monclovense escribió la historia de la Sección 147 del Sindicato Minero Metalúrgico y me pidió lo prologara, lo cual hice con mucho gusto. Después me invitó a presentar el libro.

No sé si Napito, como le llaman, se robó 50 millones de dólares de los mineros sonorenses, pero sí me resulta extraño que haya podido vivir 10 años en Canadá sin tener una fuente de ingresos conocida. Aun suponiendo sin conceder que sean falsas las acusaciones en su contra –una persecución organizada por la mafia del poder, según dice López Obrador– con sólo haberlo visto una vez me parece indigno de representar a nadie en el Senado de la República.

En aquella ocasión, para tomar notas de lo dicho por un presentador, sacó una pluma Mont Blanc de oro, edición especial, objeto muy poco adecuado en manos de un supuesto defensor de la clase trabajadora. Pero eso no fue todo. Lo peor vino después. Al abandonar el salón tuve la mala fortuna de atestiguar un espectáculo indignante. En la salida aguardaba al líder una valla de obreros. Sí, dos hileras formadas por varias decenas de trabajadores (¿vasallos?), que aplaudían al paso de su majestad Napoleón II con un entusiasmo digno de mejor causa. ¿Ese ridículo reyezuelo de pacotilla en el Senado de la República? Me parece aberrante hasta imaginarlo.

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