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José Gpe. Martínez Valero
José Gpe. Martínez Valero
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16 Octubre 2016 04:07:00
Espejo del pasado (II)
Cómo les venía contando en mi columna anterior, el sábado 1 de octubre tuve a bien reencontrarme con mis compañeros que se graduaron como abogados en la misma fecha del ya lejano año de 1991, para celebrar 25 años de dicha graduación y 30 de haber ingresado a la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, diciéndoles hacia el final de dicha entrega que concluido el pase de lista de quienes formábamos parte de esa generación, una vez habiendo escuchado las palabras de tres de nuestros maestros, nos comprometimos a reunirnos de nuevo a la vuelta de otros 25 años. Continuó narrando…

Sin embargo, no todo fue alegría en dicho reencuentro, ya que como suele suceder con la vida misma, cerrado ese momento de nuestra celebración, en lo particular para mí, no pudo faltar la tristeza porque, como balde de agua fría catapultada en recuerdos, pude darme cuenta de que uno de mis ahora exalumnos –de quien tuve el honor de ser sinodal en su examen profesional apenas el verano pasado, y de los pocos que se ha ganado a pulso mención honorífica– resultó ser hijo de un compañero que se nos adelantó ya en el camino de la vida.

Y bueno, luego del pase de lista vino el brindis y la foto de rigor, donde mis compañeras salieron mucho más guapas que en la original de hace cinco lustros, donde nosotros los varones salimos más feos pero más interesantes que en aquel entonces; y donde los únicos que salieron igual fueron no sólo los tres maestros que nos obsequiaron sus sabias palabras y a quienes mencioné ya; sino también don Rolando González Carrillo, don Heriberto Fuentes Canales, don Fabián Villarreal Flores, don Luis Hernández Elguézabal, don Francisco Yáñez Armijo y don Adolfo Ramos Maldonado –a quien por cierto, este último, le debo haber aprobado Práctica Forense Penal y por ello casi seguro estoy mi estancia en la Universidad–, porque por ellos pareciera que los años no pasan, y los únicos que nos hacemos viejos somos sus entonces estudiantes.

Yéndonos después a cenar todos juntos y sentándonos en ningún orden para permitirnos, como dije, descubrir a aquellos que no nos atrevimos ni siquiera a conocer cuando compartimos clase. Siendo durante la cena… –algunos dirán que ya era necesario luego de taaanto tiempo– que pude darme cuenta de muchas cosas, como por ejemplo: que Heriberto Fuentes Maciel es un tipo no sólo interesante, sino sobre todo de lo más agradable; que Carlos Rodríguez Coss sigue siendo además de divertidísimo, un tipo bastante espiritual, como lo es igual Alejandro Castañeda Zavala, aunque cada uno por distintas razones; que la simpleza de Cecilia Madero Biro y que antaño la veía casi como imprudencia, es sabiduría disfrazada de sencillez; que la aparente displicencia de Homero Vallejo González es el mejor remedio para transitar por la vida sin complicártela, pero sobre todo, sin hacérsela difícil a los demás. Que Héctor Rivera Nava continúa siendo un extraordinario narrador de anécdotas, aunque algunas de éstas nos recuerdan lo difícil que puede ser la vida de un “estudiambre”, que Ernesto Guevara Ochoa es de los mejores analistas que he conocido, y sobre todo, un excelente rival en alburología, digno de la más rebuscada escuela tepiteña.

Que la aprehensividad de Sofía Hernández Siller es en realidad una genuina preocupación por aquellos que somos de su estima; que Ernesto del Bosque Berlanga desde siempre ha sido un tipo dispuesto a tener para todos las puertas abiertas no sólo de su casa, sino de su vida entera, y al que no le importa, con tal de complacernos, que le dejemos ambas: casa y vida, volteada cabeza abajo.

Sí mi hermanito, seguro Antonio Berchelmann Arizpe se siente orgulloso de estos sus alumnos, aun cuando no compartamos sus ideales políticos. Que José Luis Hernández Salinas sigue conservando la calidez de entonces y Mario Alberto Jiménez su amabilidad, al grado de seguir sacudiendo mi vida sin ser invasivo de ésta, como aquella vez que me recomendó y le hice caso, ya siendo abogado, buscar mejores horizontes donde pudiera utilizar mi capacidad a plenitud, según sus propias palabras. Que la inteligencia demostrada en clase por Araceli García Martínez fue sin duda un talento bien utilizado, así como la proverbial ternura que se escondía desde entonces y hasta ahora en la sonrisa de Sandra Ramírez Rodríguez.

Que igualmente la claridad para decir las cosas de mi comadre María Magdalena Hipólito Moreno sigue intacta, así como la sana poca delicadeza de Gerardo Antonio Pérez al momento de expresarse. Y que las palabras, entonces espontáneas –y ahora reconocemos proféticas– de Agustín Rodríguez Cabral al tenor de “¡Salinas no es un Dios!”, hoy retumban no sólo en nuestras mentes, sino en la realidad de casi todos los mexicanos. ¿Por qué no habrán estado mis otros entrañables hermanos Gerardo Mandujano y Marco Antonio Salazar Rodríguez, ni mi querido aunque forzado primo Enrique Sánchez García? ¿Por qué si siempre veo en Twitter a mi otro hermano Marcelino Sánchez García, esta vez no pudo aparecer? ¿Y si en vez de vernos de nuevo dentro de 5 veces 5, hacemos el propósito de al menos reunirnos una vez al año hasta nuevamente cumplir 25 más?
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