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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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28 Julio 2016 04:00:30
Esperpéntica
Es noche de sábado. La mente, un paño de lágrimas; me hundo en la nostalgia de los adioses, yo que a despedidas me he pasado la vida, a ausencias descascarando las telas del corazón. A oscuras me arropo en la advocación de Santa María. No la de Lourdes, no la de Fátima; Santa María La Redonda, con su tocaya de la Rivera. Entre el Garibaldi mariachero y el Tepis Company de bandolero corazón, y desde el que fue San Juan de Letrán hasta San Juan de Aragón, rastreo el ánima y estilo de lo que se fue para nunca más.

Aquí te nombro, carpa del arrabal, pulso y voz de la barriada, su ánima, perfil, estilo e identidad. Contigo se nos fue la función de la tarde y la noche con el gritón: ¡Damitas y caballeros, la función va a empezar!

La carpa: ¡don Resortes Resortín de la Resortera! Desde el cielo de los artistas carperos, que es decir el cielo del oropel, la chaquira y la chaqueta (¡Ese Calambres, hágamela... caridad!), el tenorcito tróvale a Gema en el trío requintero, y vengan las risotadas de la gayola al son del cómico apicarado de esa carpa donde se nos quedó un buen retazo de adolescencia, el de aquellas señoras pechugas, y semejantes carnazas ya cuarentonas, lonja libre y celulitis a discreción, que hinchan la trusa mamey en el zangoloteo agasajador; que a bandazos de carnes atizaron la combustión de unas hormonas apenas espinillentas o ya en cuarto menguante. (Los camerinos, oloroso queso gruyere, acribillados a agujeros; por una módica cuota, a fisgonear a la de cumbia y danzón cuando se muda de trapos.)

Aquí te nombro, fantasmón arrabalero, candileja de la nocturna cachondería, el amago carnal y el onanismo frenético del contagio venéreo y esa pornografía encabritada que en la postal se trafica al olor de unos sanitarios grafiteados (“puto el que lea”). Yo, con Manrique, pregunto: ¿qué se fizo el bataclán? Las carperas de la Aragón, ¿qué se fizieron? Tan preclaros vestigios de una cultura de entraña popular, la del desahogo y la sátira, del calambur y la frase de triple sentido, se nos murieron de inanición.

El Tivoli, su hijo legítimo, natural y muy putativo, cayó y calló a la puñalada trapera de aquel puritano Uruchurtu, mal aprendiz de dictador. Hoy, estertor carpero, quedaba apenas (a penas) un agonizante teatro Blanquita, pero se nos ha muerto de inanición.

Esta noche de sábado me duele el México que se desdibuja, que se nos pierde como se nos extraviaron moneda, energético, costumbres y tradición, para que Salinas y Azcárraga nos tornen gringos de pacotilla despreciados por los gringos. Esta noche miro en la remembranza al cómico que gesticula, ademán procaz, ante un auditorio de sombras nada más. ¿Qué camino queda al tandófilo sino alcoholizar su frustración en la piquera o la briaga de buró?

Mis valedores: que a falta de algo menos nefasto, el asiduo del difunto Blanquita no se vaya a consolar, a aquerenciar y volverse adicto de ese sketch tragicómico que escenifican los histriones de la Carpa Nacional, cinismo y simulación mientras saquean el erario público. Que el huérfano del Blanquita no se torne vicioso del ritual ventajista de esos del negocio de la política y la política del negocio. Que no se engarrote en el corto plazo, que mantenga caliente el corazón pero fría la cabeza, porque el primer paso para el rescate de la casa común cabe en un verbo: pensar.

(Vale).
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