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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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01 Agosto 2016 04:00:53
Esperpéntica
Vicente Fox, mis valedores. El hombre al que el sueldo de Presidente le rindió para edificar su “Centro Fox”, habla una vez más ante los “medios” para alabar a Peña de forma desmesurada, y manifiesta una vez más que es un esperpento de la politiquería nacional. Dijo:

“Hago un efusivo reconocimiento al Presidente por la grandeza y humildad que tuvo para pedir un perdón sincero (¿?) a los mexicanos. Nunca nadie tuvo antes los pantalones para pedir perdón, de esa forma, por los errores cometidos”.

¿Y el arrepentimiento y el propósito de enmienda del “error” cometido? Y que “ese perdón nada tiene que ver con las lágrimas de cocodrilo que soltó López Portillo cuando, en su último informe de gobierno, pidió perdón a los desposeídos y marginados”.

Pues qué, ¿el creador de la “pareja presidencial” estará más obligado con la “casa blanca” que con la Colina del Perro?

Y volvió a abrir la boca: “A Calderón lo vomito porque quiere perpetuarse en el poder con su Calderoncita.

Recuerdo otra de sus gracejadas, que ocurrió después del “Comes y te vas”: “Yo fui quien frenó y puso en su sitio a Hugo Chávez”.

En son de burla le preguntó el reportero hace algunos ayeres:

- Ya en serio, don Vicente, ¿fue usted mejor presidente que quién y peor que cuál?

- Pues mira, me los llevo de calle a todos, incluido a Juárez.

Mis valedores: ¿cómo explicarse el “fenómeno Fox”? ¿Cómo entender su disparatario? ¿Tanta insensatez cabe en un individuo que a su hora tantos motivos de queja, desánimo, frustración y burletas proyectó en las masas? ¿Tendrá conciencia, el ex ya de tantas cosas, de que las masas lo han erigido como rey de burlas? ¿Es él quien se burla de ellas? ¿Es inmune a los aletazos de la humillación? ¿Tiene un formidable sentido del humor? ¿Lo tiene del ridículo? ¿Es Fox un cara dura, un redomado pícaro de siete o setenta suelas? ¿Cómo resiste la cargazón de un ridículo que así le desgarra su fama pública? ¿Fuerza de carácter? De ser este el caso, ¿de dónde saca tal fuerza? ¿De su pura enjundia? ¿De pastillas o cápsulas tranquilizantes? Uno que no fuera él y en tanto las comunidades de aquí y allá lo señalasen de insensato, ¿dónde tendría que ocultar la cabeza? ¿Es un personaje trágico, o no pasa de ser uno más de los hilarantes protagonistas de la picaresca de rompe y rasga de este país? En llegando a este punto me parece imperativo enviar un mensaje a la persona que considero adecuada. Señora Marta Sahagún:

Desde que terminó el malhadado sexenio de la “pareja presidencial” usted ha vuelto a ser lo que siempre ha sido y a lo que parece predestinada, porque no se le ven tamaños para nada mejor: la dama anónima que, enclaustrada en algún punto de la provincia, vegeta en un discreto anonimato, y no más.

Una característica positiva que advierto en usted: no ha caído en lo que tantas esposas de los que llegaron a alojarse en Los Pinos. Ni divorcio, ni separación, ni el ridículo de la que fue esposa de Salinas antes de Ana Paula: permitir que toda una colonia de esta ciudad lleve de nombre Cecilia Occelli de Salinas, síndrome del que ni la actual ha resistido, que permitió que una cáfila de ser-viles enjarete su nombre a una desventurada colonia de alguna población veracruzana. Hoy, usted, mesura, discreción y decoro. Por eso mismo me permito la súplica que le diré luego.

(Vale.)
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