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Alejandro Irigoyen Ponce
Alejandro Irigoyen Ponce
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30 Octubre 2014 03:08:10
Esta gran prisión llamada México
Todo el país se encuentra salpicado de postales de horror y barbarie. En mayor o menor medida, no hay una sola ciudad que se salve de expresiones de violencia, de abuso y casos de indefensión ciudadana ante delincuentes y/o cuerpos de seguridad, que en muchos escenarios resulta la misma cosa.

La afirmación es a estas alturas una verdad de Perogrullo, pero no por ello deja de tener impacto, especialmente por el hecho de que condiciona la vida de millones de mexicanos. Pero habría que buscar una explicación, más allá de la ancestral corrupción e impunidad que campean por el territorio nacional, a esta suerte de andanada, de mal karma que sufrimos los ciudadanos desde hace ya, por desgracia, algunos años.

Sin pretender vulgarizar lo que de suyo es un panorama hostil, dramático y que pega con brutal salvajismo no sólo a los 43 normalistas desaparecidos y sus familias, sino a miles de compatriotas que conviven cotidianamente con el pesado lastre que significa que el estado de derecho no sea más que una burda simulación, se pueden proyectar imágenes de lo que nos hemos convertido como nación.

México es ya una gigantesca cárcel, muy parecida en su esencia a las que se esbozan en documentales sobre el sistema penitenciario, ya sea estadounidense o de lo poco, pero brutal, que sabemos de las entrañas del mexicano.

Hay reglamentos internos, que sería el equivalente a nuestras leyes, pero que igualmente valen lo mismo que un pepino podrido. Dentro de esas paredes impera la ley de la selva y las autoridades, corruptas e indolentes, lo único que hacen es administrar los conflictos, sin pretender siquiera solucionar las causas de los mismos y, en muchas ocasiones, cómplices -en franco contubernio-, con los actores que generan la violencia.

Si fuera un penal estadounidense (sin que signifique que en los mexicanos no existan), tenemos las pandillas, las neonazis, las de la nación aria en guerra permanente contra las de latinos, que a la vez están en guerra entre ellas mismas, que si de salvadoreños, que si aztecas o quién sabe qué tantas y todas también en guerra contra las de afroamericanos, que si los “Bloods” o los “Crips”, que tampoco se pueden ver entre ellos, pero que todos comparten su disposición a la violencia, el nulo respeto a la vida humana –y todos los valores que guste y mande- y que exploran cotidianamente mayores niveles de salvajismo… algo así como las bandas de la delincuencia organizada.

Tenemos a los guardias o custodios, metidos hasta el cuello en un sistema en el que nada tiene que ver el respeto a la ley, y en el que la corrupción y/o ineptitud son condimentos siempre presentes… algo así como nuestras corporaciones policiacas.

Personajes que no pueden faltar son aquellos que gracias a su poder y dinero se compran “tranquilidad”, que sería el equivalente a los sectores más favorecidos que utilizan autos blindados y que disponen de aparatos privados de seguridad. Y finalmente tenemos a los pobres imbéciles, atrapados, sin dinero para comprar “tranquilidad”, con algo de decencia como para no aceptar forma parte de alguna de las pandillas y con la suficiente ingenuidad como para suponer (y renovar cíclicamente la esperanza de cambio, aunque la realidad les grite una y otra vez que no pasará) que algún día los custodios o el alcaide lo protegerán y harán aquello a lo que los obliga la ley. Son a los que violan, extorsionan, torturan, matan y desaparecen y que serían el equivalente a muchos, miles de los ciudadanos de a pie.

Sí, México es un gigantesco penal y pese a que los “buenos” son una inmensa mayoría, viven sujetos a las ocurrencias, abusos y excesos de los “malos”, que aunque proporcionalmente pocos, tienen las armas, la vocación a la violencia y la habilidad para navegar con éxito en el mar de la corrupción e impunidad como para hacer, literalmente, lo que les venga en gana.

Dicen, los que afirman que saben, que los procesos de deterioro social, especialmente cuando son prolongados y hondos como el caso mexicano, difícilmente se pueden revertir y también dicen que los esfuerzos personales están condenados al fracaso cuando enfrentan poderes y estructuras.

De ser cierto, el futuro cercano de nuestro país se proyecta como la antesala misma del infierno, a no ser que los que son mayoría se decidan por fin a formar sus propias trincheras, sus propias pandillas y hagan saber con acciones concretas y contundentes a los custodios, al Alcaide, que ya basta. No se trata de ninguna receta, sino la proyección simple de una imagen… sin ánimo de vulgarizar.
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