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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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17 Noviembre 2016 04:00:00
‘Esta mierda se acabó’
Una buena parte de la gente del “no” sí quería la paz con las FARC, pero no con superioridades morales, no sin ellos.

El FMLN y las FARC, mis valedores. Mucha sangre, mucho duelo y dolor se esconden tras esos acrónimos. Las FARC colombianas y el FMLN salvadoreño. Unos, a su hora, firmaron la paz, y los otros votaron en contra. ¿Qué tuvieron Gobierno y guerrilla de El Salvador que no tengan los de Colombia?

La paz de los salvadoreños se firmó un 16 de enero de 1992 en el Castillo de Chapultepec. Como final del protocolo que marcaba la paz entre la guerrilla y el gobierno de aquel país, Shafick Handal, vocero del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional, depositó su AK-47 en manos de Carlos Salinas, el mediador, y al recordar los años de la guerrilla, rubricó la ceremonia con una expresión vulgar, escatológica y humanísima:

-¡Hijueputa! Esta mierda se acabó. ¡Y nosotros seguimos vivos!

Se acabó un conflicto bélico que duraría 12 años y produciría un saldo de 75 mil cadáveres y 12 mil desaparecidos. Más tarde Mauricio Funes, exguerrillero del FMLN, se refirió a las aberrantes violaciones de los derechos humanos y a los abusos perpetrados en nombre del Estado salvadoreño:

“Pido perdón a las madres, padres, hijos, hijas, hermanos, hermanas que no saben hasta el día de hoy el paradero de sus seres queridos. Pido perdón al pueblo salvadoreño, que fue víctima de la violencia atroz e inaceptable”.

Y bandazos que da la historia: ese Mauricio Funes, exguerrillero del FMLN, llegaría a ser presidente de El Salvador, país de luces y sombras, donde el poeta guerrillero Roque Dalton fue asesinado por la propia guerrilla, mientras que una bala asesina abatía en plena celebración del oficio litúrgico a monseñor Óscar Arnulfo Romero, Arzobispo de San Salvador, para que su asesino intelectual, un Roberto D’Abuisson ultraderechista fanático, fuese muerto poco tiempo después por la gracia de un cáncer fulminante, que de paso iba a llevarse a uno de los secuaces de la ultraderecha, José Napoleón Duarte, Presidente de El Salvador. El Napoleón del trópico.

Fue entre diciembre de 1980 y mayo de 1982, con este Napoleón como jefe de la junta de Gobierno, cuando se registró una de las épocas más sangrientas y enconadas del conflicto armado que años más tarde tuvo su desenlace en el Castillo de Chapultepec. Este mismo represor inició diálogos con la guerrilla en los años 80, mientras que al mismo tiempo viajaba a Washington, donde se originó el incidente que ha quedado para la historia de la abyección pública: rodeado de diplomáticos y funcionarios gringos, de repente Napoleón cayó de rodillas ante la bandera de Norteamérica y a ojos cerrados se puso a besarla. Al ponerse de pie ya había conseguido la ayuda militar del Gobierno para combatir a los guerrilleros.

Tiempo después diplomáticos e historiadores reclamaban al de Los Pinos su “lamentable” omisión al dejar en blanco la conmemoración de la histórica firma de los acuerdos de paz, pero más allá de los meandros, acequias y lloraderos de sangre que se ha derramado en los recientes gobiernos, ¿qué interés pueden tener el de Los Pinos en conmemorar una fecha que para él, por lo visto, nada significa?

Lo cantó Roque Dalton, poeta y guerrillero a quien su guerrilla mandó “ajusticiar”:

Porque es la patria el punto de partida, –básica piedra tumultuaria extendiéndose, –savia y semilla de la floresta cantadora del hombre.

Luces y sombras, tan pequeño y tan grande, El Salvador. (¿Y Colombia?)
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