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Vicente Bello
Vicente Bello
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07 Julio 2018 04:00:00
¿Está obligado un legislador en ser experto en derecho parlamentario?
A partir de los resultados de la elección presidencial, el Congreso mexicano ha adquirido un protagonismo inédito por, cuando menos, dos razones: Uno: la gran mayoría de sus legisladores no estarán identificados con la clase política tradicional. Y dos: A partir de septiembre próximo, cuando sea instalada la 64 Legislatura, deberá legislar leyes que definitivamente confrontarán al actual estado jurídico del país, si se considera el hecho de que serán mayoría en ambas cámaras los partidos políticos que ganaron la Presidencia de la República.

En los inicios de cada Legislatura, el recuento siguiente suele ser común: de los 500 que conforman el Pleno de la Cámara de Diputados, hay un promedio de 70 legisladores con chapa de muy experimentados, que por lo regular provienen de las listas de los partidos políticos para la selección de los plurinominales.

El resto suelen ser diputados que o bien lo son por primera vez o, también, provienen con experiencias en los Congresos locales. La mayoría de legisladores, en anteriores legislaturas, fueron identificados como integrantes de la clase política tradicional.

Ahora no será así. De aquellos 310 que conformarán la nueva mayoría –claro, si el Morena, PT y PES transfiguran su coalición electoral en coalición legislativa- ayer se calculaba en San Lázaro que cuando menos el 90 por ciento no ha tenido nunca que ver con puestos políticos.

Son gente del pueblo, absolutamente, de quienes algunos medios de información televisivos y de prensa cuestionan y presumen que de política y asuntos parlamentarios nada saben; y lo han comenzado a decir con tono irónico, como si la ignorancia en el tema legislativo fuese un impedimento para convertirse en un diputado o un senador.

Cualesquiera persona con la nacionalidad mexicana tiene el derecho de aspirar a ser un representante de la nación, sepa o no sobre los mecanismos del Poder Legislativo. Lo único que, por antonomasia, se le pide a toda esa gente que ahora representará al país, no es propiamente licenciaturas o maestrías o doctorados en el tema del derecho parlamentario.

No; lo que la gente les estaría pidiendo, sino es que exigiendo, es que se comporten con honestidad y aprendan pronto a conducirse como verdaderos representantes de la nación.

Un representante de la nación debe tener muy en claro que a la hora de la toma de decisiones tiene que actuar pensando en el beneficio de la mayoría de la población, y en beneficio por supuesto de las minorías sociales.

Para desgracia de la República, en todos estos años en que el PRI y el PAN detentaron las mayorías en el Congreso, la mayoría de los legisladores se erigían en peones de sus propios partidos políticos. Y estos, a su vez, en instrumentos de minorías económicas y políticas muy poderosas.

Así votaron priístas, panistas y pvemistas la reforma energética y muchas otras que sumieron al país en una gran crisis política y económica, como la del
Fobaproa, reforma laboral, educativa y la Ley de Seguridad Interior.

Desde la primera toma de decisiones colectiva en las Cámaras (las votaciones), el PRI y PAN conseguían que sus diputados se envilecieran, aún cuando había entre ellos individualidades que llegaban con la intención decidir para el beneficio de la gente de a pie.

Pero la mayoría de legisladores se envilecía demasiado pronto, con justificación de que perteneciendo a un partido tenían que disciplinarse. Y era cuando votaban lo que les pusieran enfrente, a pesar de que algunos, en corto, reclamaban airadamente a sus líderes.

Los partidos políticos han utilizado a los plurinominales para meter al Congreso a los capataces de los grupos parlamentarios. Es la generalidad que diputados y senadores que van a fungir como coordinadores, vicecoordinadores o presidentes de comisión, lleguen por la vía plurinominal.

En torno de esta costumbre añosa del Congreso surgirá un debate los próximos días, cuando se conozca, con precisión, quiénes conformarán la 64 Legislatura. Y la gran pregunta consistirá en cómo se va a conducir el grupo Morena. ¿Lo hará tan verticalmente como lo hicieron todos estos años sus ahora contrincantes o intentará una nueva forma de conducción política, más horizontal, en la que prevalezca el convencimiento y la razón?

Ciertamente, Morena tiene en el horizonte inmediato la obligación histórica de erigirse en contrapeso de estos 37 años de política neoliberal que azotó a México hasta el grado de su casi devastación –y para ello la gente le ha otorgado una mayoría legislativa histórica-, pero deberá estudiar una nueva relación política entre sus diputados, alejada de la verticalidad que siempre tuvo como sello el presidencialismo priísta.

A partir de esa nueva relación –si es que la hay- entonces el nuevo grupo en el poder deberá comenzar a construir el camino de reformas que la gente ha esperado durante años. Un camino definitivamente contrario al que apisonaron durante casi cuatro décadas los partidos que asumieron la política aquella –la del neoliberalismo-, que prohijó en 1974 Margaret Thatcher en Inglaterra y que propulsó Ronald Reagan hacia todo el mundo. A México se la impusieron a partir de 1982.

Claro, si es que los de Morena no quieren darle la razón a críticos suyos como el EZLN, que ha afirmado anteayer que nada cambiará con AMLO en la presidencia de la República. Y que con el triunfo del tabasqueño en realidad sólo ha cambiado el capataz, “pero el finquero sigue siendo el mismo…”
Veremos.

ESTRIBO
El Congreso de la Unión deberá detallar el papel que jugará en la discusión sobre la Ley de Amnistía, convocada por López Obrador.
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