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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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26 Agosto 2018 04:00:00
Experto
Viajé por primera vez en avión cuando tenía unos 16 años. En esa ocasión volé de la Ciudad de México –en ese entonces Distrito Federal– a Saltillo en un bimotor DC 3 propiedad de una empresa llamada Aerolíneas del Norte, o algo por el estilo, que cubría la ruta de la capital a Piedras Negras con escala en Saltillo. Meses después, el avión se desplomó y en el accidente falleció el propietario del negocio.

Con el paso de los años he tenido oportunidad de abordar aviones con cierta frecuencia. Como todo buen viajero mexicano he sufrido varias veces el disgusto de los vuelos sobrevendidos, cuando el número de pasajeros con boleto pagado supera al de asientos disponibles. Nunca he aprovechado las ofertas de cambiar de vuelo por boletos gratis y estancia en hoteles, pero más de una vez quedé varado en el aeropuerto por varias horas y hasta un día después del iracundo coro de protestas de pasajeros dejados en tierra.

Estoy curtido en la cancelación de vuelos “por mal tiempo”, en especial en la ruta Ciudad de México-Aeropuerto Plan de Guadalupe, en Ramos Arizpe, lugar que posee una extraña atracción para las nubes y los nublados. Si hay una sola nube en un radio de 500 kilómetros, puede apostar que se encuentra cómodamente posada sobre las pistas del campo aéreo
ramosarizpense.

De los aeropuertos que me han tocado sufrir hay algunos inolvidables. Uno, es el Kennedy de Nueva York. Allí, de la sala de espera al avión nos condujo en autobús y a velocidad endemoniada un chofer deseoso de suicidarse con todo y pasajeros, para luego esperar largas tres horas en el asiento del aparato debido a la congestión del tráfico. Por curiosidad, asomado a la ventanilla, conté 14 jumbos delante del nuestro en espera del permiso de la torre para despegar.

Pero el que se lleva el Oscar en esa categoría es el viejo Dorado, de Bogotá, Colombia, donde, cuando esperaba volver a México se me acercó un joven –muy respetuoso, eso sí– que me preguntó si yo era Javier Villarreal Lozano. Al responderle afirmativamente, siguió el cortés interrogatorio. “¿Cuál fue el objeto de su viaje a Colombia?” “Un Congreso de Historia”, respondí. “¿Aquí, en Bogotá?”. “No, en Cartagena de Indias”. “¿Y hacía frío en Cartagena?”. Eso ya me dio mala espina, pues en esa época en Cartagena ardía de calor. El interrogatorio terminó al preguntarme si tendría yo inconveniente en que tomaran una radiografía. “Ni siquiera he desayunado”, le dije bromeando.

Pero no era broma. Las autoridades colombianas deseaban averiguar si yo, 70 años cumplidos, no era una “mula”, como llaman a las personas que se tragan paquetes de droga para contrabandearla. Firmé el papel autorizando a que me tomaran la radiografía, la cual comprobó que, en efecto, yo no cargaba coca en la panza y ni siquiera había desayunado.

Me vacunaron contra la fiebre amarilla en el aeropuerto de Casa Blanca, en Marruecos, y sobrevolé buena parte de Coahuila gracias a algunos amigos ganaderos de Múzquiz y Sabinas, que antes de la época del narcotráfico utilizaban más la avioneta que la camioneta.

Pero, ¿a qué viene este trozo de autobiografía aeronáutica? Es pertinente para anunciar que, dada mi experiencia, cuando hagan la ridícula encuesta popular sobre si conviene continuar la construcción del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México o pegarle dos pistas al de Santa Lucía, escribiré en la boleta: “Yo de eso sé un carajo, como la inmensa mayoría de mis compatriotas. Pregúntenle a un experto”.
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