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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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01 Septiembre 2018 04:00:00
Exponiendo a la mentirosa
Solo hay dos clases de víctimas: la establecida y la fortuita; es decir, la voluntaria y la involuntaria. A nadie le gusta ser esta última. Que un desconocido nos asalte o un conocido nos hiera produce dolor, miedo e inseguridad, pero sobre todo un sentimiento de impotencia insostenible, del que debemos movernos lo más rápido posible. Generalmente transitamos hacia la ira, en la que podemos, malsanamente, instalarnos bastante tiempo.

La otra clase de víctima, en cambio, la establecida, es la favorita de chicos y grandes. Instalados en ella, sufrimos cómodamente, o sea, hasta donde nos es tolerable, mientras obtenemos lo que deseamos: atención, quizá afecto o un heroico rescate. Incluso el paquete completo.

La víctima establecida, como todos bien sabemos, es esa persona que vive contando sus desgracias, renegando de su situación, sintiéndose ofendida, incomprendida, maltratada y traicionada. El victimismo puede restringirse a un solo aspecto de su vida; la pareja, por ejemplo: “es que no tengo suerte en el amor”; o la economía: “es que soy pobre”.

Como evidencian estos ejemplos, el victimismo establecido no es solo una forma de llamar la atención para lograr incluso que un rescatador se haga cargo de nosotros; constituye ante todo un conjunto de creencias limitantes: no puedo, nadie me quiere, nada me sale bien, todos me odian, la vida conspira contra mí, por qué Dios permite estas cosas. Es, pues, la más frecuente forma de mediocridad.

Prácticamente todos podemos detectar una víctima… y también serlo, casi siempre sin advertirlo, por imitación. Muchos nos enganchamos con ella, porque históricamente es la parte inocente, la buena, la luchona, la sufridora, la que merece reivindicación, justicia y bendiciones. Recuerde el estereotipo de Pepe el Toro. Pero la realidad es que la víctima es egocéntrica y manipuladora.

Se cree el centro del universo y desde ahí acusa a todos de ocasionar sus desgracias: al gobierno por su situación económica, su desempleo y su falta de perspectivas; a sus parejas o exparejas por su soledad e infelicidad, a Dios o a la vida porque las cosas no son como desea, etc.

Lo que la víctima rehúye más que al cáncer, es la responsabilidad, porque la confunde con culpa y porque implica hacerse cargo de sí misma, de sus carencias, sus condiciones de vida, su rol en la familia y en la sociedad, lo cual conlleva cometer errores y, por tanto, “cargar con las culpas”.

Hay, pues, un rechazo al error. Todo error que cometa una víctima es ocasionado por otro. La víctima es perfecta. Exacto: aquello que adora el ego. Si teníamos la idea de que una persona egótica era aquella que se imponía abusando de su poder, su dinero, su conocimiento, etc., pues hoy es un buen día para que nos caiga el 20: al ego le gusta más la víctima que el victimario. Este último es un papel muy arriesgado. Los egos agresivos son abatidos rápidamente.

Para saber si somos víctimas inadvertidas, aunque sea en un solo aspecto de nuestra vida, hay que ver cuándo rehuimos la responsabilidad, cuándo señalamos culpables y de qué nos quejamos. Si vivimos permanentemente insatisfechos, también estamos sintiéndonos víctimas de la vida.

Pues hay que moverse de ahí, porque desde ese lugar generamos todo aquello de lo que nos quejamos; nuestros pensamientos y nuestras emociones atraen nuestras desgracias, nos imponen limitaciones.

Pero no se trata de repudiar a su pobre víctima, se trata de que le dé lo que está buscando de los demás, para que pueda trascenderla. Dese amor, respeto, seguridad. La víctima es real: hay un estado de dolor, miedo e indefensión interna producto de experiencias específicas, que trasladamos por conveniencia a otros aspectos de nuestras vidas. Hay que abrazarla y comprenderla. Lo que no hay que hacer es creerle, porque es la voz del ego, que ha estado utilizándola.
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