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Alejandro Irigoyen Ponce
Alejandro Irigoyen Ponce
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11 Abril 2019 04:06:00
Fátima
La historia de Fátima, esa jovencita de 15 años que fue “rescatada” de la casa de un hombre de 45, con quien frecuentemente convivía, no solo nos debería preocupar, sino significar una verdadera llamada de atención respecto al tipo de sociedad que, por acción u omisión, todos estamos construyendo.

Si fuese un caso aislado se pondrían sobre la mesa conceptos tales como omisión de cuidados por parte de la madre, la precocidad de la aludida, el hecho de que haya dejado los estudios y caído en las drogas, y que a nadie le importara y, por supuesto, la escasa conciencia y menor sentido de responsabilidad y de lo que es correcto, decente y legal del varón protagonista de este evidente caso de abuso sexual.

Y asunto arreglado, otra historia para el anecdotario, para el morbo o las frases infamantes e incendiarias que se comparten entre amigos y a olvidar el asunto en un par de días.

Pero desgraciadamente no es un caso aislado, hay centenares, por no aventurar miles de jóvenes saltillenses que sobreviven en entornos verdaderamente precarios y hostiles, y hay que decirlo, inmersos en procesos de retroalimentación tan pobres que no logran elaborar ninguna expectativa de futuro. Por eso tenemos a tantos jóvenes que consumen drogas, que abandonan los estudios, a tantas niñas-madre, a tantos aspirantes al subempleo y a verdaderas legiones que habrán de alimentar los cinturones de miseria, económica y social, del futuro cercano.

Fátima no es un caso aislado, Fátima nos retrata como sociedad en el perfil más oscuro y desalentador. Y sí, de esto todos tenemos un poco de culpa.
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