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Dalia Reyes
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15 Agosto 2018 04:00:00
Felicidad pública
Hace treinta años más dos meses, confesé a un amigo cercano cuán grande era mi envidia hacia su agenda repleta con actividades. Él, mayor que yo, soltó una carcajada sonora y no abonó nada mi errado sentimiento, quizá fue porque supo que había caído yo en el engaño de la felicidad pública.

Quizá fue un quinquenio después cuando supe la razón de aquella carcajada, pues el asunto de la agenda llena me atropelló de lleno. La diferencia entre mi amigo, artista, y yo, periodista, radicó en que él estaba obligado a mostrar felicidad y satisfacción antes su público, en cambio, una servidora siempre ha padecido déficit de diplomacia, un síndrome congénito heredado no sé si por mi madre o por la madre de todas las boconas.

Hace poco tiempo caí de nuevo en la tentación de lo público: Admiré a esas mujeres de pulida cosmética, sentadas en grupos cercanísimos, alrededor de sendos cafés, ensaladas y pasteles servidos por un solícito mesero. No fue mi admiración por la cantidad de alimentos consumida, ni por aquella abstemia quien solo pidió lechugas, sino por la ruidosa felicidad desinhibida, capaz de informar a todos los presentes en el restaurante, con un solo grito estentóreo, cómo debe vivirse la vida.

Las vi celebrar los chascarrillos, reírse un poco de sí mismas, mejor de las otras y mucho más de las ausentes; sobrevivían airosamente a dos caídas de sus hijos y suficientes gritos de ellos mismos como para aturdir a cualquier sirena. Creí en su felicidad y volví a envidiarla por ser poseedoras de una receta inalcanzable para mí.

Un día coincidí con una amiga infeliz, insatisfecha, a quien era necesario empujarle la autoestima a cada paso. Con inocencia me apegué a ella y dediqué tiempo y alma a construirle algo propio, pero entonces fuimos al restaurante, y fue feliz, públicamente feliz.

Ensordecida, dos horas después salí del lugar y me hice la siguiente pregunta: ¿qué será mejor entre las mujeres, conocer a las personas o convivir con las “personajas”?

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