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Dalia Reyes
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22 Junio 2018 04:00:00
Feliz de mentiras
Esta mañana soñé que, frente a mi ventana, la neblina dejaba paso a una lluvia pertinaz y luego a la nieve, su majestad.

La montaña, mi vecina de siempre, lucía una resbaladiza capa blanca que, a menudo, el viento le arremangaba, como si corriese el peligro de que alguno de nosotros, plebeyos y pueblerinos, le alcanzáramos el dobladillo a semejante armiño.

Luego vi cómo las ramas de pinos y oyameles aplaudían la presencia alba y luego dejaban caer, en pequeños trozos y con cuidado, hojuelitas claras que tapizaron, en un momento, cualquier camino, labor barbechada o no, árboles desnudos, así fueran de cereza o de manzana.

Enseguida un rebaño de semovientes dejó su huella vertical rumbo a lo verde y húmedo. Sus pezuñas se marcaron, como en molde de paleontólogo, en la fresca nieve que estuvo cae y cae desde la madrugada.

El humo del café negro me llegó hasta la mirada y atajé el frío ligero con la imagen de las aves guareciéndose, bien pero sin prisas, en cualquier hoyo de la naturaleza. Como sea, juguetearon sobre las huertas y dejaron sus picos blanquearse de copos un ratito.

Las puntas de cada cerro, altivas, seguían surtiendo sus reservas de blancura con una caída constante de papelitos transparentes, deshilachados por el viento algunos, por la lluvia otros; pero los más resistentes, se abrazaron para formar un tapiz impoluto, brillante, invernal.

Hay una cualidad en las nevadas de mi rancho: ponen las narices frías y los corazones tibios. Por alguna razón se filtra la alegría entre los adobes de la casa, por el tubo de la chimenea o burlan las rendijas de las puertas azotadas entre la confusión de los pájaros carpinteros.

En esos momentos nadie tiene demasiado frío para salir, pero tampoco calor suficiente para derretir semejante belleza tan a la mano, tan abundante, tan milagrosa y tan de a gratis que lo mismo disfrutan y signan los zapatos de don Panchito, las manos de Eliud, las patas del Sere y los aullidos de los coyotes, para quienes eso de la nieve, es más bien noticia infausta.

Abrí mejor los ojos para no dejar írseme este sueño bendito, esperado, fantástico para tanta gente. Todo seguía ahí, pero más palpable, más blanca esa lluvia de estrellas, más fría la imagen de postal y más cálido el abrigo.

No es un sueño, me di cuenta enseguida. Y entonces, pregunté ¿por qué no somos felices si esto es verdadero?

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