×
Dalia Reyes
Dalia Reyes
ver +
Comentarios a: [email protected]

" Comentar Imprimir
13 Julio 2018 04:00:00
Flores negras
Mi casa paterna tenía ventanas breves, pocas, con puertecitas enmarcadas con fierro rústico; lo más robusto en ellas era la torta de masilla que sostenía el cristal. La masilla tenía fecha de caducidad, cuyo síntoma inequívoco era una excesiva resequedad que la hacía saltar al primer toque. Podría contar numerosas historias sobre ese material, porque luego devino colores, texturas y brillos, pero ninguna tendría las implicaciones dolorosas que hoy me provoca el arte ver cómo se celebra el miedo al disfrazarlo de arte.

En el rancho todavía se encuentran construcciones desde donde sus habitantes pueden ver el campo sin la interrupción de los barrotes, pero son escasas viviendas habitadas por quienes aún se sienten capaces de vivir en libertad. En general, la arquitectura cotidiana de nuestro país incluye rejas metálicas para apresar a sus moradores, cuando son ellos, y no los delincuentes, quienes deberían vivir en libertad.

Si en un principio se trataba de barrotes simples, aferrados a los dinteles con el claro objetivo de evitar la entrada a un delincuente, el tiempo y la insistencia del delito las fue transformando en elemento necesario del panorama.

La paradójica modernidad citadina disfrazó de arte lo que es miedo en realidad.

Como si fueran barandales en un balcón, hermosa corona para la construcción tradicional, las protecciones en ventanas y puertas tienen ahora especialistas, artesanos, forjadores de ensueños que decoran con flores y mil fantasías esas piezas de encarcelamiento que llegan a cotizarse como si fueran certificados de seguridad.

Junto con ese rococó se han desarrollado cristales irrompibles –que sí pueden romperse-, cercas electrizadas –que se pueden neutralizar-, bucles de púas –que se cortan con la herramienta correcta-; incluso las colonias de clase A se han inventado sus propias cárceles, de marca sí, pero cárceles al fin.

Ya en este último párrafo dudo sobre esta manía del hombre por ornamentar lo terrible: Tal vez no sea socarronería, sino la inefable aceptación de que nunca podremos contra nosotros mismos y en lugar de padecer esa miseria, la volvemos divertimento.

.(Javascript debe estar habilitado para ver esta direccion de correo)
Imprimir
COMENTARIOS



  • 0
5 6 7 8 9 0 1 2