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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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03 Marzo 2018 04:00:00
Fluye sólo el alma
Todos hemos tenido días de semáforos en verde: esos excepcionales, en los que nos levantamos alegres, tranquilos y todo funciona a la perfección.

Lo más común, sin embargo, son los semáforos en rojo o descompuestos cuando nos ponemos a bregar con la vida, dominados, sin darnos cuenta, por la preocupación y el miedo.

Estamos acostumbrados a forzar las cosas y a las personas para doblegarlas a nuestra voluntad, porque creemos que esa es la vía correcta para lograr nuestros objetivos. Creemos que esforzarse es porfiar hasta dejar el pellejo, que perseverancia es terquedad y que actuar es controlar.

Tan alto es el precio emocional que se paga por la necedad, la terquedad y el control neurótico, que ningún logro vale tanto. La relación precio-calidad estará desproporcionada, y trataremos infructuosamente de ir por otro que sí compense, invirtiendo más todavía.

A lo sumo lograremos ese placer morboso que nos producen la envidia ajena, la zalamería y el sometimiento de los pobres de espíritu, sólo importante para el ego, al que le encantan los semáforos descompuestos y, en general, todo lo que se le resista, porque de eso se alimenta.

En cambio, los semáforos en verde son asunto del alma: un fenómeno de sincronía derivado de vivir fluyendo. Fluir es el movimiento interno resultante de abandonar toda resistencia a la realidad, incluida la expectativa de que las cosas sucedan como se quiere cuando se quiere y, con ella, la compulsión por controlar. Nada cambia con tanta rapidez y sin esfuerzo como cuando aceptamos que está sucediendo.

Mientras estemos peleados con el mundo, con quienes somos, con lo que nos sucede, con Dios, el país, los políticos, el vecino, el jefe y todo aquello que “no debiera estar siendo”, batallaremos, lucharemos, forcejearemos; infelices, necios, realmente solos, insatisfechos.

Cuando las cosas no están saliendo, pare, calle, observe y escuche esa voz interior que le está indicando que algo no anda bien. No existen la casualidad ni el azar. Todo cuando le sucede es creación suya, resultado de una o varias emociones que han persistido pasando desapercibidas, porque da pánico enfrentarlas.

Lo bueno y lo malo vienen de las profundidades, de esa parte de nosotros que es el gran misterio: el inconsciente, oscuridad a la que debemos penetrar con la luz de la conciencia, para obtener la claridad que resulta de todo descubrimiento trascendental.

Al fluir le sigue comunicar al universo qué queremos, pero no formulado como un pensamiento de petición, ruego o instrucción, sino como una vibración. Le hablamos sintiendo amor, gratitud, generosidad, vulnerabilidad, confianza, compasión y alegría, y nos contesta con sincronía. Nada tan equitativo como el universo: devuelve lo que se le da, se le pida o no.

Para generar esos sentimientos, y que predominen sobre las emociones negativas que generalmente nos dominan, hay primero que experimentar lúcidamente estas últimas, para finalmente aceptarlas y transformarlas.

Hay un concepto esotérico que explica los resultados de una buena meditación: sólo lo que se siente se capta y se conoce. No se trata de huir hacia el nirvana, sino de mirar con tranquilidad nuestras aguas turbulentas. Nos dividimos en dos, el que siente y el que observa, comprende y abraza al que siente.

Cuando observamos, comprendemos y abrazamos al que siente –que puede ser nuestro niño asustado, el adolescente enojado o el adulto frustrado–, lo estamos haciendo con el alma, esa parte de nosotros que es semejante a Dios, que nos mira con ternura y compasión.

La vida está llena de señales que nos indican cuándo, dónde, quién, qué y cómo, sólo que no queremos verlas; queremos hacerlo a nuestro modo, creyendo que sabemos más y mejor. Arrogancia pura.

Preferimos bregar, o sea, aprender a través del dolor y quedarnos en la zona de confort de la víctima de las circunstancias. Soberbia infinita.
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