×
Rodolfo Naró
Rodolfo Naró
ver +
Rodolfo Naró, nació en Tequila, Jalisco, el 22 de abril de 1967. Es autor de varios libros de poesía, casi todos reunidos en la antología Lo que dejó tu adiós (2016), así como de las novelas El orden infinito (2007), finalista del Premio Planeta Argentina 2006, Cállate niña (2011) y Un corazón para Eva (2017). Twitter: @RNaro

" Comentar Imprimir
02 Marzo 2018 04:00:00
Fuera de contexto
¿Qué ideas te asaltan cuando lees “ceder”? Le das la vuelta a la página del periódico y te encuentras con “falta”, “rudo”, “momento”. Cabezas de terribles noticias, a estas palabras trato de encontrarles otra ocupación. Viajo al universo que encierra cada una de ellas y las reinterpreto según mi historia de vida. El universo de esos verbos o sustantivos me da la oportunidad de reescribirlas.

La vastedad del lenguaje es tan infinita como la de los números. Todo el futuro puede reducirse a un rotundo “no” o puede ampliarse tanto como lo queramos al leer “vamos”. Así como “populismo” no es igual en México que en Estados Unidos, “pasión” deja de tener una connotación sexual en Semana Santa y se vuelve un cúmulo de dolor. Es el mismo sustantivo, pero con diferente sentimiento, una palabra que según sea el tiempo y el lugar en donde la leamos, nos puede referir otra emoción, fuera de contexto nos apropiamos de ese término, es nuestra propia voz.

En la preparatoria, donde fui uno de los peores estudiantes, una de las pocas materias a la que nunca fallaba era etimologías grecolatinas. El profesor Gutiérrez, un hombre moreno, panzón y de ojos de sapo que miraban, uno al techo y otro a la izquierda, me enseñó las bases de nuestro idioma, el alfa y el omega de la vida. Nos leía en latín una versión “original”, según nos decía, de la Divina Comedia y nos pedía llevarle palabras recortadas del periódico para encontrar su raíz etimológica en la clase.

Desde ese tiempo, cuando leo cualquier impreso me descubro repitiendo mentalmente ciertas palabras, las he pronunciado tanto hasta hacerlas mías, hasta que me evocan ciertos recuerdos. “Retorno” me parece una de las más bellas, su sonoridad latina tornare, me hace volver a vivir otras vidas, retornar sobre ese otro que fui en tantas reencarnaciones que he vivido. La Edad Media me suena tan cercana y familiar como el primer beso de mi adolescencia.

Aunque mis palabras favoritas son las esdrújulas, por la cadencia de su sonoridad, por la fuerza en su sílaba tónica, siempre la antepenúltima, siempre con acento ortográfico, esa tilde que es el alma de las palabras. El fruto del árbol que se paladea al pronunciarlas. Hasta su nombre: esdrújula, me suena a término gótico, a insípida lágrima: Cólera matemática tu triángulo cálido, caótico, bárbaro. Gárgola fantástica tu vértice, depósito de mis centímetros. Podría escribir sólo con esdrújulas, versos de didáctico cálculo.

Como si fuera un diccionario de emociones, desde hace un par de años recorto palabras y las pego en mi libreta de notas. Les escribo una nueva acepción, les devuelvo un poco de la vida que me dieron cuando las necesité por primera vez. Comencé la libreta con la palabra “complicidad”, la recorté de la nota roja de un periódico. La siguiente fue “diálogo”, palabra tan desperdiciada en las redes sociales. La tercera palabra fue “ceder”, para la cual escribí que siempre suelto el cuerpo, miro hacia otra mañana, aunque me hago el rudo, en ciertos momentos, cuando siento que me falta, aflojo y retorno. Ceder también es perdonar, buscar la paz de la conciencia.
Imprimir
COMENTARIOS



5 6 7 8 9 0 1 2