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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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12 Mayo 2017 04:00:00
Funcionarios canallas
Existió un campesino, asienta un documento del Egipto antiguo, al que la pobreza empujó a abandonar su tierra madre (que de madre se le había tornado madrastra), en busca de la sobrevivencia para sí y su familia. Pero (excusar el anacronismo) él no tomó el camino de Trump, que es el camino de los campesinos pobres, sino que enfiló rumbo a la ciudad capital, y en eso estuvo lo malo, porque no calculó el riesgo de viajar en un país cuyos caminos estaban resguardados por Ejército y policías. Y al campesino le ocurrió lo previsible:

Todo fue salir al camino, sus asnos cargados con diversos productos para venderlos en la ciudad, cuando al campesino le cayeron encima los salteadores, que lo atacaron con el único lujo que conocen los pobres en una de las 15 mayores economías del orbe: el lujo de la violencia. Los asaltantes lo golpearon y robaron su recua con todo y carga, porque en el país que a decir de un cierto gobernante (en punto ebrio) pronto estará entre las cuatro mayores economías del mundo, la pobreza obliga a los lugareños, para mal vivir, a ser malvivientes. Lógico.

Mal repuesto de la golpiza, el campesino egipcio acudió a las instancias legales y levantó sucesivas denuncias que en un país de leyes nunca encontraron respuesta, para que el agraviado –de los salteadores primero, de los jueces después– insistiese una y otra vez, pero nada. Y como resulta que tú, yo, nosotros estamos el riesgo de caer en manos de un bergante cualquiera, militar o civil, y exigimos justicia a lo inútil, por que nos miremos en ese espejo asiento aquí los reproches que el campesino lanzó contra una justicia tan bien cantada en el discurso oficial. El agraviado al responsable gubernamental:

–Señor: tú fuiste colocado en tu puesto para castigar al corrupto, pero al contrario, das tu apoyo al ladrón. El hombre de bien deposita en ti su confianza, pero en ti cómo va a hallar justicia, si tú mismo te has convertido en un depredador. En este país los altos funcionarios practican la corrupción. Los jueces roban. Quien debe impartir justicia es un prevaricador. Un buen soborno basta para que tuerza la vara de la justicia.

El encargado de combatir la pobreza es el que la provoca en toda la región. Quien debe reprimir el mal, él mismo comete la iniquidad. El encargado de manejar los dineros públicos los hurta en su provecho a lo impune, mientras que aquél que debe mostrar el camino de las leyes organiza el robo. ¿Quién, pues, pondrá obstáculos a la perversidad cuando tú, y a tu ejemplo y licencia todos tus subalternos, cometen una gama total de corruptelas con las que se enriquecen hasta la náusea? Míralos (bien mirados los tienes, como ellos a ti.)

Tú eres como una ciudad sin gobernador, como una compañía de soldados sin jefe o una manada de cabras que no tiene pastor. Eres como un barco sin capitán en medio de un mar tormentoso, como un policía que roba, un gobernador que pilla, una autoridad que, encargada de reprimir el latrocinio, se ha convertido en modelo de ladrones.

Míralos. El que debe impartir la justicia es un ladrón; quien debe resolver los problemas es quien los provoca; viola el juez la justicia, y los funcionarios que fueron nombrados para combatir la pobreza son los ladrones, criminales y cómplices de criminales. Los funcionarios públicos roban nuestros dineros en la más abyecta impunidad. ¿Tú, mientras tanto?

(¡Mírate!)
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