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Dalia Reyes
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20 Noviembre 2018 04:00:00
Fútbol y filosofía
Política, religión y fUtbol fueron, hasta hoy, temas tabú si quería evitarse una interminable discusión o una fugaz amistad. Del asunto que hoy trato no sé bien a cuál de los tres corresponde pero suele causar el mismo efecto: El infierno y su ubicación precisa sin el auxilio de un GPS.

Aristóteles y Nietzsche, para ejemplificar, serían los contrincantes a este respecto: El primero lo adjudicaba a un poder divino que nos castigaría con él según la maldad en nuestros procedimientos; el segundo, en cambio, dijo que todos los que no somos él conformamos en equipo su insufrible infierno.

En ambos casos, estos señores dijeron que nuestros diablos personales no son responsables de que exista semejante y terrorífico sitio, a final de cuentas un tercero es quien lo provoca. Sin embargo, con todo y sus posturas encontradas sí coinciden en algo los filósofos: No podemos prescindir de esos terceros.

Una parte de la humanidad requiere la existencia de un ser superior, omnipresente y recipiente de todas las razones que los pobres hombres no podemos dilucidar por sí solos; el resto argumenta autosuficiencia en eso de pecar sin necesidad de perdón, sin embargo, se saben dependientes de los demás, sí de todos los que, en conjunto, conformamos esa vorágine que coarta libertades y deseos porque nos negamos a ser y hacer, con precisión, conforme a su voluntad.

Como todo está escrito, seguro lo siguiente alguien lo dijo ya y yo lo creo, fervientemente, en este momento: El infierno es una obra propia y personal, nosotros la construimos a placer y no es tan maléfico como creíamos porque incluso nos da la opción de llevarlo a cuestas o guardarlo en el ropero, como hicieron con la abuela en Cien Años de Soledad y, emulando la historia de García Márquez quien dice que a la difunta mujer la sacaban los niños de vez en cuando para jugar con ella, ¿quién dice que no podríamos hacer lo mismo con nuestro averno personal?

Los humanos vamos armando un edificio de flagelos para autocastigarnos cuando creemos prudente y necesario, estamos indecisos entre aplicarnos la ley islamita, la cristiana, la del talión, la de según sea el caso o la única e irrepetible que debe regir a cada persona, porque somos cada uno y cada día tan diferentes que ninguna constitución axiológica daría en el clavo para llevarnos por el buen camino sin tropiezo cual ninguno.

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