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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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20 Febrero 2017 03:00:00
Gabinete de crisis
Ahora que las circunstancias reclaman liderazgo político y visión de Estado, el país tiene el Gobierno más débil, vacilante y cuestionado dentro y fuera de sus fronteras. Acosado por su homólogo estadunidense, Donald Trump, cuyas armas de negociación son la amenaza, la mentira y la injuria, el presidente Peña pide unidad y la sociedad responde con marchas contra la corrupción, la impunidad, el gasolinazo y la inseguridad. Los mexicanos aman a su país y están juntos en lo fundamental, pero la falta de identificación con los poderes públicos crea barreras contra la retórica insuflada y patriotera.

El Presidente no entiende el nuevo momento mexicano. Si el de las reformas fue festivo y lo llevó prematuramente a las portadas de revistas y medios de comunicación internacionales, para después ser objeto de escarnio, el actual –el de Trump– lo encerró en Los Pinos y lo echó en manos de su alter ego Luis Videgaray. ¿No bastó el daño que causó al país en la Secretaría de Hacienda? Si Trump representaba una amenaza cuando no tenía información privilegiada, ahora que la posee puede ser letal y no dudará –como ya hemos visto– en utilizarla para acobardar y destruir a quien se lo permita.

México, por suerte, no ha caído en el patrioterismo, señal inequívoca de madurez cívica. Protesta contra el muro por ser un agravio contra la buena vecindad y un atropello a la libertad y a la dignidad. Pero sobre todo, por la forma como trata de imponerse: por la fuerza. Las críticas a Trump por racista, mitómano y barbaján no lo perturban; al contrario, son combustible, inflaman su ego. Si algo se le puede reconocer al magnate es su congruencia dentro de la incongruencia. Si como candidato era una pesadilla, en el Despacho Oval despertó el ogro. Mientras más pronto admitan su error y lo corrijan, los estadunidenses lo padecerán menos, y con ellos el mundo.

Pero mientras el nuevo tirano trata de imponer su agenda lanzando bumerán a diestro y siniestro, Peña recibe los golpes de las mismas armas por incumplir la suya. El problema de los mexicanos no es con Estados Unidos, sino con su Presidente; y el de Trump, en el fondo, no es con México, sino con su gobierno, por permitir la corrupción, el narcotráfico y descuidar la frontera por donde se cuelan a su país las peores lacras, según la visión distorsionada del troll de Twitter.

Peña clama unidad en el desierto. Su voz es escuchada, pero igualmente se le ignora, pues carece de autoridad moral. Trump tampoco la tiene, es cierto, sin embargo existe una salvedad: el Presidente de Estados Unidos puede ser odiado, pero tiene fuerza y poder. Peña, en cambio, es cada vez más débil y repudiado por la mayoría. La institución presidencial atraviesa también por una crisis profunda y urge repararla o de lo contrario vendrán males mayores. En México tenemos un Presidente para la foto, no un jefe de Estado a la altura de la circunstancia, como en su tiempo lo fueron Juárez, Carranza, paisano nuestro, y Cárdenas.

La situación de emergencia del país la agrava un gobierno pusilánime, desconectado de la realidad y corto de miras. El presidente Peña tiene la última oportunidad de trascender. Sólo podrá lograrlo si encarcela a una docena de corruptos. No necesita buscarlos. Puede empezar por los todavía intocables de la lista de Forbes de 2013, en la cual Humberto Moreira aparece en séptimo lugar. Otro paso debe ser reestructurar el gabinete y nombrar uno de crisis, donde primen la experiencia, el patriotismo, no los amigos ni los intereses.
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