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Dalia Reyes
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04 Julio 2018 04:00:00
Galleta inútil
El primer día de clases de mi hijo empezó para mí, que soy su madre, desde el sábado anterior. Consulté un montón de recetarios para encontrar las galletas más deliciosas del mundo, probadas y comprobadas por mamás responsables en todos los continentes. El resultado: Unas gigantescas figuras de chocolate con chispas coloridas.

Su consistencia semidura era perfecta; el color, inmejorable; el sabor, irrepetible... pero él acabó almorzando un par de galletas Oreo que le compartió su nuevo amiguito, “porque mi lonche estaba fatal”, lo dijo con todas sus palabras.

Ese día puse en tela de juicio mis enseñanzas sobre siempre decir la verdad y lo que uno siente, para información de todos y evitar confusiones. No, amiga mía, jamás funciona, pues yo entré en un estado de hervor existencial sobre mi valía como progenitora, mis actos fallidos en su educación y la mala mano para hornear galletas.

La preocupante situación de obesidad infantil en el país ha sido bien aprovechada por los editores nacionales y extranjeros al publicar revistas monográficas en donde aparece un sinfín de maravillas por lonche. No es mala idea, siempre y cuando los creativos chefs que las originan se asociaran con alguna empresa farmacéutica, lo digo por ese periodo de prueba, cuando un centenar de inocentes se someten a pruebas terribles al probar, por vez primera, un producto.

Yo lo llevaría a una escuela pública: Si todos los de segundo y cuarto aceptan el platillo, pasamos a la prueba final, consistente en decirles que lo hizo su madre, eso podría cambiar dramáticamente los resultados. Bueno, durante muchos años me negué a probar la sopa de repollo que hacían en casa, pero la engullía con placer en casa de mi tía. Creo, aún tengo una niña dentro de mí. (Esa fue Santa Isabel).

No es fácil, compañeros, dice Don Ramiro. Todo parece perfecto en la teoría cuando de poner lonche se trata. Las fotos muestran el colorido, sabor y valor en tal cantidad de opciones que podríamos no repetir en todo el ciclo escolar (considerando que son años de 100 días); sin embargo, nadie nos aclara en dónde venden el queso rosa, los ratones de cheddar, el pan con figura del Capitán América ni los pastelillos de amaranto con arándano.

En nuestro mejor esfuerzo, si acaso logramos ponerle una rebanada de queso amarillo comercial, o un tajo de acetato, no hay gran diferencia; los animalillos terminan en monstruos informes de puré; en lugar del súper héroe, decimos a nuestros hijos que llevan al Pípila (ahí está, debajo del pan Bimbo) y el sano pastelito es un pingüino, al cabo de vez en cuando.

Yo empiezo a tener ciertos temblores esperando el lunes. Espero estar cuerda para entonces y encontrar, de perdido, en dónde puse el jamón y la mayonesa.

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