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Arturo Guerra LC
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16 Abril 2017 04:00:00
Gloria
Era domingo. Gloria in excelsis Deo… El sacerdote había entonado el Gloria en latín y el pequeño grupo de fieles le siguió. Et in terra pax hominibus, bone voluntatis. Todos al unísono, cada quien con el talento de su voz y el entusiasmo de su fe. Una imagen de la Virgen, muy blanca, refrescaba la presencia maternal de María ahí donde a su Hijo y a su Dios se le da gloria.

Te alabamos, Señor, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos. Aunque era una pequeña capilla de ciudad, una granja modesta en los alrededores había resistido el desarrollo urbanístico. Un pavo real se sumó inconsciente a la alabanza con su graznido peculiar que repitió decidido. Tanto que sacó de tono la melodía de los fieles. Pero esa era su contribución. Al fin y al cabo cada creatura, a su grado y manera, da gloria a su Creador.

Te damos gracias Señor, Dios, Rey Celestial, Dios Padre Todopoderoso. Debajo del altar unas tímidas rosas rosas cantaban en silencio. La mayoría de ellas, muy erguidas, queriendo alcanzar el altar sobre el que se estaba celebrando tan divino sacrificio. Otras pocas, por el peso ya de su existencia, comenzaban a agachar el cáliz y la corola como en gesto de veneración a su Creador.

Señor Hijo único Jesucristo, Señor Dios Cordero de Dios, hijo del Padre, tú que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros. A los pies de la Virgen unas rosas miniatura, muy jóvenes, competían por tocar con sus pétalos las manos orantes de la Madre de Dios.

Tú que quitas el pecado del mundo, atiende a nuestra súplica. En algún rincón de la capilla, quizá, una hormiga cualquiera hacía acto de presencia. Para algunas creaturas su sola existencia es el himno que ofrecen al Creador. Las seis llamas de las velas del altar, distintas en tamaño y altura, apuntaban todas al cielo.

Tú que estás sentado a la derecha del Padre, ten piedad de nosotros. Aquello era lo que se veía. Pero los prefacios nos ayudan a darnos cuenta de que allí también están presentes otros “fieles” ignorados por nuestra poca fe. Los santos. Los ángeles y arcángeles, y todos los coros celestiales celebran tu gloria unidos en común alegría. Permítenos asociarnos a sus voces cantando humildemente tu alabanza. (Prefacio de Cuaresma IV, Misal Romano). Tan humildemente que a veces desentonamos a más de algún coro angélico…

En la celebración de los sagrados misterios, ¡qué solo estás ante el Señor! ¡Pero qué bien acompañado estás ante el
Señor!

Porque sólo Tú eres santo, sólo Tú Señor, sólo Tú Altísimo Jesucristo, en la gloria de Dios Padre. Amén.
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