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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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23 Noviembre 2020 04:00:00
Gobernadores aislados
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El talón de Aquiles de la Alianza Federalista es su aislamiento del resto de la República. Mientras no sea mayoritaria ni sume a entidades clave –Estado de México, CDMX, Puebla y Veracruz, la primera en poder del PRI y las restantes gobernadas por Morena– difícilmente incidirá en las decisiones políticas y económicas de la Cuarta Transformación.

Menos con Andrés Manuel López Obrador, quien ganó la Presidencia en todos los estados. La excepción fue Guanajuato, trampolín de Vicente Fox para encabezar la primera alternancia. Sin embargo, decepcionó al país y terminó en esperpento.

Los ejecutivos estatales eran satélites de la “presidencia imperial”, la cual alcanzó su culmen en el sexenio de Carlos Salinas de Gortari; con Enrique Peña Nieto (EPN), devino en burdel. El fin de la “dictadura perfecta” atomizó el poder y dio paso al “feuderalismo”.

Fox le soltó la rienda a los gobernadores, no tanto por espíritu democrático, sino por indolencia, pues, de ser el caso, los habría sometido a controles a través del Congreso, sobre todo en temas de gasto y seguridad.

El aval de los estados para legitimar a Felipe Calderón, después de una elección fraudulenta, lo ató de manos: no pudo, aunque era su intención, procesar a los gobernadores marcadamente venales. Apadrinado por los “virreyes” estatales con votos y dinero del erario –también de deuda, como en Coahuila–, EPN hizo la vista gorda frente a latrocinios y abusos de la generación bautizada por él como la del “nuevo PRI”.

El encarcelamiento de Javier Duarte (Veracruz), Roberto Borge (Quintana Roo), la detención de César Duarte (Chihuahua) y las investigaciones contra Humberto y Rubén Moreira (en Estados Unidos) fueron posibles por la presión mediática nacional y extranjera.

López Obrador cosechó el voto de castigo contra los gobernadores del PRI, PAN y PRD. El desaire de Claudia Sheinbaum (Ciudad de México), Cuitláhuac García (Veracruz) y Miguel Barbosa (Puebla) a la Alianza Federalista se entiende, pues militan en Morena. Pero ¿cómo se explica el desdén de Alfredo del Mazo (Estado de México)? Primo de EPN e hijo y nieto de exgobernadores, Del Mazo no come lumbre. Su déficit de legitimidad –apenas ganó con el 33.5% de los votos– contrasta con la fuerza de Morena. El partido guinda es mayoría en el Congreso y gobierna 65 de los 125 municipios, entre ellos Toluca; el PAN tiene 33 alcaldías y el PRI 20 de menor rango.

La Alianza Federalista no solo no ha podido expandirse, sino que corre el riesgo de achicarse. Para las elecciones del 6 de junio próximo, Morena aventaja en Chihuahua, Colima, Michoacán y Nayarit, según las
encuestas.

El partido del Presidente también encabeza la intención de voto en Baja California, Baja California Sur, Campeche, Guerrero, Nayarit, Querétaro, San Luis Potosí, Sinaloa, Sonora, Tlaxcala y Zacatecas. Si el pronóstico se cumple, e incluso si el PAN y el PRI retienen algunos estados, Morena ocuparía el mayor número de gubernaturas.

El voto en cascada volvería a darle a López Obrador la mayoría en el Congreso. Con esa combinación de resultados, Morena podría asegurar seis años más en Palacio Nacional. El tiempo juega en contra de la Alianza Federalista. Los amagos de romper el pacto federal surtieron el efecto bumerán.

Caer en la trampa de las consultas y las votaciones a mano alzada terminaron por hacerle el caldo gordo al Presidente, quien para reunirse con los mandatarios locales impone condiciones: “diálogo sin politiquería”.
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