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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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10 Diciembre 2017 04:01:00
Gracias a la nieve
Y de pronto al agonizante otoño le dio por adelantarnos algunas estampas navideñas. Se diría que este año gustó de competir con las tiendas departamentales, donde un sudoroso Santa Claus empieza a recordarnos allá a principios de noviembre la muy relativa cercanía de las fiestas decembrinas. En estos lugares, como por arte de magia, desaparecen las calabazas, los disfraces de brujas y los murciélagos de plástico del Halloween, para abrir espacio a multicolores esferas, pinos de Navidad, juguetes y ventrudos individuos vestidos de rojo y barbas de algodón que desoyeron los sabios consejos de la campaña “mídete y actívate”.

Antes, la proximidad de la Navidad empezaba en diciembre, pero el márquetin es el márquetin (así dice la Real Academia que se escribe en español), y es necesario adelantarse por aquello de la competencia. Por pura imitación climatológica, este año desde el jueves a la medianoche empezó a cubrir la ciudad una nevada que se prolongó durante el día siguiente. La nieve llegó del norte, alcanzando primero –en territorio coahuilense– a la fronteriza Piedras Negras. Luego tomó por la carretera 57, pasó por Monclova y llegó a Saltillo, que desde hace mucho tiempo no veía una buena nevada.

Ahora, con perdón del difuntito (así dicen en Castaños, Coahuila) Gabriel García Márquez, la del 7 y 8 de diciembre fue una nevada anunciada. Las redes sociales la pronosticaron, mientras los teléfonos celulares predecían temperaturas bajo cero para esos días. Lo que es la modernidad. Cuando las gentes de mi generación éramos niños y aun jóvenes nos ilusionaba la posibilidad de una nevada al descender la temperatura y el cielo se encapotaba de gris. Las más de las veces nos quedábamos con las ganas de hacer monos de nieve y organizar batallas lanzándonos bolas, como veíamos a niños de otras latitudes hacerlo en las películas. Era frustrante dormir pensando en la inminente nevada y despertar con un sol abrasador en todo lo alto.

En aquel tiempo la caída de los primeros copos despertaba en los saltillenses una adormecida vocación de fotógrafos. Se apresuraban a comprar rollos –las cámaras digitales eran cosa del futuro–, abarrotando el comercio anexo a la papelería de don Humberto Castilla, en la calle de Allende, proveyéndose del material que les serviría para captar desde todos los ángulos posibles a la Alameda Zaragoza.

Hoy, gracias a la popularización de los celulares, las personas toman fotografías de cualquier cosa, incluyéndose a ellas mismas, y cómo no habrían de aprovechar el espectáculo del blanco manto cubriendo banquetas, parques y monumentos: la rojiza cúpula de catedral con una chistosa boina blanca, el tlaxcalteca de la estatua que está detrás del Palacio de Gobierno seguramente tiritando en bronce y el águila del Museo de las Aves sin poder levantar el vuelo por el peso de la nieve acumulada en su cola. Sin faltar, por supuesto, la inevitable selfie arrebujados en ropas pachonas.

En lo personal, me alegró la presencia del meteoro pensando en don Guillermo Purcell, el millonario irlandés que hace más de un siglo construyó una casa medio neogótica en la calle de Hidalgo dotada de tejados que hubieron de aguardar pacientemente más de 100 años en espera de una nevada que justificara su atrevida inclinación. No fue mucha, pero algo es algo.

Gracias a la nieve, que me ha dado tema –parafraseando a Violeta Parra–, y a la oportunidad de ver un paisaje urbano de Saltillo diferente, aunque el día de Navidad seguramente amanecerá con un sol radiante y una temperatura tropical. No soy un Grinch, pero de mí se acuerdan.
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