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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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06 Mayo 2018 04:00:00
¡Gracias!
¡Gracias! es una de las palabras más bellas de nuestra lengua. Sin embargo, admite gradaciones de acuerdo al talante y el tono de quien la pronuncia. Decir “gracias” puede ser a veces demostración de educación, de buena crianza, pero en su más alto significado es expresión que brota natural, espontánea, desde el fondo del corazón. Cuando es así, creo, debe escribirse con mayúscula inicial y flanqueada por signos de admiración.

Un ¡Gracias! con mayúscula inicial y signos de admiración es el que deseo escribir hoy. Un ¡Gracias! rotundo en su sinceridad, sonoro, cálido, capaz de expresar mis sentimientos más profundos hacia quienes organizaron y tomaron parte en el homenaje organizado en mi honor.

Esa tarde, para mí inolvidable, dije, entre otras cosas:

“Aquí se cometió un grave error. Este homenaje debí organizarlo yo para agradecer a la Universidad Autónoma de Coahuila y a su Facultad de Ciencias de la Comunicación, que a lo largo de casi 40 años fueron tan generosas al aceptarme como profesor o, mejor dicho, como estudiante perpetuo de lo mismo que pretendía enseñar.

“He aceptado este reconocimiento, totalmente inmerecido, por brindarme la oportunidad de hacer público el lazo moral y afectivo que sigue y seguirá ligándome a la Universidad y a la Facultad.

“Estos muros no pueden recibirme con indiferencia o extrañeza; guardan entre ellos muchas memorias que hoy no puedo recordar sin cierta especie de melancolía, anuncio de que la puesta del sol está próxima. Sin embargo, como decía Don Quijote, todavía hay sol en las bardas y aún no es tiempo de descansar. Bastante tiempo tendremos para hacerlo después de llegada la gran noche.

“Nostálgico y agradecido, la Facultad y quien habla no han tenido, por cierto, vidas paralelas. Nos conocimos cuando ella apenas nacía en unas aulas a espaldas del Ateneo Fuente, y yo transitaba la madurez. Ella creció y maduró mientras yo envejecía, ¡y vaya que lo he hecho!, con decirles que en mi pasado cumpleaños salieron más caras las velitas que el pastel. (La última frase se la robé a Lou Holtz, el legendario entrenador de futbol americano de la Universidad de Notre Dame).

“Me uní al claustro de maestros de la entonces escuela con la encomienda de venir a enseñar, pero en lugar de hacerlo, día tras día, a lo largo de los años, no hice sino aprender. Lo digo con toda honestidad y sin sombra de falsa modestia: no sé si fui un buen maestro, pero no tengo duda de que disfruté cada hora de clase”.

“Me enriqueció el trato con los demás maestros, el personal y con mis alumnos. Estos me obligaban a una constante actualización, nada mal para un periodista que la primera nota que escribió era alertando a los peatones de la calle de Victoria sobre el peligro representado por los dinosaurios que circulaban a exceso de velocidad. Al mismo tiempo, ellos, los estudiantes, me compartían el vigor, los sueños y la rebeldía que deben acompañar a una juventud bien vivida.

“Hace tiempo un periodista me preguntó: ‘¿Cómo le gustaría ser recordado?’ No vacilé al responder: ‘Como maestro… me gustaría ser recordado como maestro, pero un maestro fiel a la fórmula de Plutarco, quien rechazaba la idea de que la enseñanza consiste en llenar la cabeza de conocimientos, como quien llena un vaso’. El verdadero maestro, decía, es aquel que enciende una llama destinada a brillar con luz propia. Ojalá haya sido yo uno de esos maestros’.

“Gracias, señor director, maestro Miguel Barroso. Mil gracias a todos y cada uno de ustedes. ¡Gracias!”

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