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Cristina Orozco
Cristina Orozco
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28 Julio 2018 04:08:00
Graciela Garza Arocha
Como toda ciudad, Saltillo está ligada a su historia: pasó por un proceso de cimentación, el cual dependió de su ubicación geográfica, de las condiciones de suelo, de la cultura e ideología de sus habitantes, para ser lo que hoy es.

Saltillo se fundó en 1577 por Alberto del Canto, hace ya 441 años. En 1591, el capitán Francisco de Urdiñola, con 70 familias tlaxcaltecas, sentó sus reales en el pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala, aledaño a la Villa de Santiago del Saltillo.

Las fiestas del Santo Cristo, de San Francisco y la del Cristo del Ojo de Agua confirman la tradición católica de los saltillenses. La música, el baile, la venta de productos, las procesiones y celebraciones religiosas son parte de ellas. Se llevan a cabo en el ombligo de la ciudad: entre la Catedral y el Palacio de Gobierno, con danzas de matlachines tlaxcaltecas, música de tambora y violines. La vieja Villa de Santiago, hoy Saltillo, se sustentó del trabajo de actividades primarias como la agricultura, la ganadería y artesanía textil tlaxcalteca. Tiempo después se afamó con la feria y con la presencia anual de mercaderes procedentes de otras latitudes.

La ciudad de Saltillo no es mejor ni peor que otras ciudades del país. Durante el siglo 20, como todas las autoridades municipales de la República, la obtención de recursos económicos fue un problema. El descuido de Saltillo como ciudad no fue por malos manejos públicos; la pésima urbanización no se debió a la ignorancia de los presidentes municipales, sino a la pobreza del erario. No había dinero. Hoy existe mayor justicia fiscal, aunque la Federación imponga castigo por las crisis financieras.

La Presea Saltillo es un reconocimiento anual a personas que han destacado en la comunidad, y como parte de la celebración de aniversario de nuestra ciudad, este año premiaron a la señora Graciela Garza Arocha en la categoría Trayectoria de Vida.

Aunque uno no sea de la familia, hay personas que lo tratan como tal. Con estas palabras deseo expresar la virtud amable de la persona que este año es homenajeada, pues no sólo supo construir un modus vivendi fundando el restaurante La Canasta, el cual, por más de 50 años opera con puntualidad inglesa, a mi ver, como por arte de magia, y conserva fama nacional e internacional, ya que ningún nacional o extranjero que visita Saltillo se va sin sentirse doblemente maravillado; primero, por la destacada decoración del restaurante, de su ambiente y, además, rebosante de suculencias que cuidadosamente se preparan seis días de la semana en dos turnos, convirtiéndolo en tema de conversación obligada y de referencia.

Este lugar emblemático ha sido fuente de trabajo de muchos y me incluyo. Graciela me dio mi primer y mejor empleo. A los 15 años fui contratada para pelar costales de zanahorias y así gané dinero durante un verano en el restaurante, desayunos y comidas incluidas bajo la mirada de lince de Graciela, que en todo estaba.

“Gache”, como le dicen los amigos y los que nos consideramos de su familia, aprovecha todos sus sentidos y habilidades, pero a la vez alimenta a exigentes comensales, atiende lo referente a la administración del demandante negocio, está al tanto de los avances tecnológicos mientras ejecuta tareas de servicio social a la comunidad, todo ello en tiempos en los cuales la mujer tenía mucho menos cabida en el ámbito empresarial y comunitario. Asimismo, formó su propia familia, con su esposo Luis Jaime y sus hijos. Cuidó de su madre, doña Elisa, y permaneció cercana a todos sus hermanos y familia extensa, sobrinas y amigas de sus sobrinas (me incluyo, una vez más). ¡Enhorabuena, “Gache”, por este reconocimiento que se suma a tantos otros igualmente merecidos!

En una ocasión le pregunté: “¿Cómo le haces para hacer tantas cosas a la vez?”, su respuesta debería ser mantra de políticos: “Lo que tengo que hacer, ya lo hice ayer”.
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