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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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01 Febrero 2017 04:00:00
Grito de campaña
Luis Fernando Salazar, de 39 años, fue el único de los aspirantes al Gobierno que plantó cara a los Moreira y a su delfín Miguel Riquelme: denunció ante la PGR a “los saqueadores de Coahuila” por la megadeuda de 36 mil millones de pesos; en Texas, reclamó la devolución de decenas de millones de dólares del “moreirazo”, incautados al exgobernador Jorge Torres, al extesorero Javier Villarreal y al empresario mediático Rolando González Treviño; exhibió las fachadas de las empresas fantasma que recibieron del Gobierno alrededor de 200 millones de pesos, y demandó al SAT investigarlas. Todo para impedir la perpetuación del moreirato.

Sin embargo, la candidatura recayó en Guillermo Anaya. Salazar no renunció al PAN, pero en su cuenta de Facebook llamó traidor al líder de ese partido, Ricardo Anaya, por pensar que “el PAN es un lugar de apuestas, donde también juega la mafia del poder”. Ninguno de los priistas marginados llegó a tanto. Las críticas contra el presidente del PRI, Enrique Ochoa, un pusilánime, fueron de puertas adentro. Si en verdad Jericó Abramo le reclamó su falta de liderazgo e Hilda Flores su desinterés por Coahuila, sólo ellos lo saben.

En el informe legislativo que rindió en Torreón, el 24 de septiembre pasado, Salazar reunió a gobernadores, senadores, diputados, alcaldes, empresarios y sociedad civil. Fue el despegue de una campaña dinámica, fresca y audaz en redes sociales, basada en la denuncia y el choque frontal con los Moreira.

Salazar captó el sentimiento contra el grupo enquistado en el poder, y lo convirtió en un ultimátum de seis palabras, dirigido a Humberto y Rubén Moreira: “De que se van, se van”.

El político lagunero puso énfasis en la corrupción y en Miguel Riquelme, como continuación de los Moreira, para despertar al electorado de Coahuila. José Rosas Aispuro, Javier Corral, Miguel Ángel Yunes y Francisco García hicieron lo mismo en Durango, Chihuahua, Veracruz y Tamaulipas para expulsar al PRI y lograr la primera alternancia. Salazar visitó las capitales de los cuatro estados, grabó mensajes con los gobernadores, los difundió en redes sociales y mejoró su posición en las encuestas.

De todos los precandidatos panistas, Salazar resultaba el más incómodo para el Gobierno, junto con el independiente Javier Guerrero. “Es el único que se atrevería a investigar la deuda, las empresas fantasma, a los funcionarios que se enriquecieron en los dos últimos sexenios y a encarcelar a los más pillos”, me dijo uno de sus asesores. Era, en consecuencia, el más temido. Sin embargo, en el éxito de una campaña audaz y persuasiva también pudo haber incubado el error.

Aispuro, Corral, Yunes y García enderezaron sus baterías contra los gobiernos de Jorge Herrera, César y Javier Duarte y Egidio Torres, cuando ya eran candidatos, no antes; y una vez en el poder, los pusieron contra las cuerdas. Por lo menos, dos de ellos irán a prisión. La derrota de Salazar y la división en el PAN fue celebrada en el poder como una victoria anticipada. No era para menos, Luis Fernando representaba el mal mayor. Después de vituperar al líder de su partido, Ricardo Anaya, y de llamarlo traidor, el senador se alineó a la candidatura de Guillermo Anaya, y juntos entonaron el grito de campaña: “De que se van, se van”.
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