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Ricardo Raphael
Ricardo Raphael
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Licenciado en Derecho por la UNAM. Maestro en Ciencias Políticas por el Instituto de Estudios Políticos de París, Francia. Maestría en Administración Pública por la Escuela Nacional de Administración (ENA) de la República Francesa. Estudios Doctorales en Economía Política y Políticas Comparadas por la Escuela para Graduados de Claremont, California, EU. Secretario General de Democracia Social, Partido Político Nacional. Representante ante el Consejo General del IFE del partido México Posible. Coordinador de la Comisión Ciudadana de Estudios para Eliminar y Prevenir la Discriminación. Actualmente es profesor afiliado a la División de Administración Pública del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Conductor del Espiral, programa de análisis político dominical del Canal 11. Analista Político cotidiano del Noticiero Enfoque de Núcleo Radio Mil. Analista semanal del noticiero nocturno de Proyecto 40. Co-conductor del programa Claves, también de Proyecto 40. Integrante de la mesa editorial de la Revista Nexos. Miembro del Consejo Consultivo de Conapo. Cuenta con diversas publicaciones en temas relativos a: La transición democrática. La función pública. El sistema de partidos. Los derechos. La ciudadanía.

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23 Noviembre 2017 04:00:00
Guarurismo
El guarura es un hombre que trabaja de guardaespaldas, y no quien dispara por la espalda al sujeto custodiado. Adolfo Lagos Espinosa, director general de la empresa Izzi, perdió la vida por culpa del guarurismo, un mal insoportable de la élite mexicana.

Durante la segunda mitad de la década de los 60 del siglo pasado, el presidente Gustavo Díaz Ordaz subió a la Sierra Tarahumara para encontrarse con líderes rarámuri. Lo hizo acompañado de un cuerpo de escoltas altos y fornidos, casi todos pertenecientes al Estado Mayor Presidencial.

Los hombres sabios recibieron al mandatario diciendo: “sean usted y sus wa’rura bienvenidos”. Arrigo Cohen afirma que wa’rura es un término rarámuri utilizado para referirse a los jefes políticos; así que la calurosa acogida fue dirigida a Díaz Ordaz y sus demás jefes.

Los escoltas de ese Presidente habrán reído con el apelativo y probablemente ellos se encargaron de que el término guarura entrara al léxico del poder mexicano.

No era imaginable, sin embargo, que con el tiempo tales personajes fueran a adquirir tanto poder. Hoy no hay integrante de la élite política o económica mexicana que quiera prescindir de un séquito de guaruras con físico de Goliat y armados, a la Schwarzenegger en la película Terminator.

En México calcule usted cuántos guaruras acompañan a un personaje antes de averiguar de quién se trata. Indague si sus hijos, esposa, suegra, nanas y demás parentela tienen agentes asignados a su seguridad. Pregunte si sus jóvenes vástagos van a los antros acompañados por un nutrido grupo de jefazos.

Si quiere saber cuán relevante es una boda, contabilice los carros de guaruras estacionados fuera del festejo; no se sorprenda si también halla hordas de estos señores en los bautizos y las primeras comuniones. Cuando el simpósium de guaruras se antoje incontable es porque hay políticos en la reunión. Entonces felicítese por haber pagado a tiempo sus impuestos; gracias al esfuerzo de su trabajo toda esa gente puede presumir poder traducido en carros ostentosos y gladiadores notables.

Pocas élites tienen tan mal gusto como la mexicana. En esto seguimos siendo medievales. Para que sea rey, el fulano debe ir acompañado de una extensa corte. Argumentan con hipocresía los practicantes del guarurismo que no es de su gusto verse rodeados por tantos individuos rapados, ni tanto fierro peligroso; dicen que es la inseguridad del país lo que obliga a ese desplante de arrogancia oligárquica.

Pero hay evidencia para saber que es tan riesgoso traer un guarura como llevar encima una pistola: en caso de emergencia nadie puede saber cómo va a terminar la cosa.

Como ejemplo, la triste tragedia de Adolfo Lagos Espinosa, empresario al que le gustaba hacer ciclismo en el campo, hasta que sus guaruras pegaron nueve tiros y uno le arrebató la vida.

La historia va así: Lagos andaba de paseo montado en una bicicleta cuyo valor rondaría los 70 mil pesos. Dos raterillos salieron de detrás de una nopalera para robarle el vehículo de pedales. Tan novatos eran que no se percataron de que, detrás del sujeto asaltado, había un carro con guaruras.

Más novato fue el cuerpo de seguridad porque, en vez utilizar la fuerza de manera proporcional, se puso a tirar en contra de los asaltantes, y también del señor Lagos.

Los delincuentes están vivos, pero acusados de asaltar a un ciclista. En cambio, el asaltado está muerto, por culpa del impune guarurismo.

ZOOM: el guarurismo es otra expresión de la impunidad mexicana. El Estado es responsable por solapar este mal y también nuestra élite, por confundirse, como los rarámuris en época de Díaz Ordaz.
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