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Jorge A. Meléndez
Jorge A. Meléndez
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21 Octubre 2017 04:00:00
Hablando se entiende la gente
“Una buena conversación es como una minifalda: suficientemente corta para despertar el interés, pero con el tamaño adecuado para cubrir la materia”.

Apenas una simpática y profunda frase de la charla de TED, de la periodista Celeste Headlee, sobre la importancia de conversar bien (no se la pierda, véala en nuestros sitios).

¿Sabe qué? Un tema vital que va más allá de la interacción entre dos personas. Apenas hace unas semanas fuimos testigos de cómo el Congreso mexicano se paralizó por pleitos. Es supercomún que se prefiera jugar vencidas en lugar de conversar. Lo vemos con Trump a cada rato. Y también pasa en los negocios, en el club o en la casa.

Dos factores exacerban esta tendencia. Primero, la tecnología. Estamos ensimismados con pantallas en todos lados y a todas horas. Tanto, que nos estamos volviendo analfabetas en contacto humano.

“Cuando vi cómo batalló mi clase, me di cuenta de que la habilidad de conversar es la cualidad que menos les enseñamos. Los estudiantes son expertos en pantallas y novatos en relaciones personales”, explica Paul Barnwell.

El profesor de secundaria narra en un artículo de The Atlantic cómo se atoraron sus alumnos con un experimento que involucraba algo tan sencillo como platicar con compañeros.

Barnwell terminó muy preocupado, pues comunicarse a través de dispositivos no será suficiente para los chavos. “Así no se pide un aumento, se discute un proyecto o se decide con tu pareja”, explica.

Un segundo factor que explica la escasez de diálogos es la polarización y la tecnología también juega aquí un rol clave que tiene que ver con dinero.

En la economía digital la plata se gana con tráfico: a mayor consumo, mayor ganancia. Por eso, los algoritmos de Facebook, Amazon, Google y cualquier gigante digital desmenuzan hábitos personales para acercarnos siempre cosas que nos interesen.

En la parte informativa esto se traduce en recibir noticias y opiniones que concuerden con nuestra visión. Obvio, así será más probable que se lean, compartan y se genere tráfico, dinero y ganancias.

Un fenómeno que refuerza creencias y acentúa la polarización. A fin de cuentas, un diálogo requiere puntos de vista distintos. Y si estos no llegan, no se conversa realmente.

¿Qué hacer? Headlee da 10 consejos:

1. Decirle no al multitasking. Apagar o guardar dispositivos conectados. Ah, y tampoco estar pensando en otra cosa. Para conversar realmente “hay que estar realmente presentes”.

2. Dejar de “dar lecciones”. No es que usted opine, sino de escuchar a la otra persona. Entrar a la charla pensando que se va a aprender algo. “Todos son expertos en algo y todos saben algo que tú no sabes”. Hay que descubrirlo.

3. Preguntas abiertas. Como un periodista: quién, qué, cuándo, dónde, por qué o cómo. Evitar preguntas complicadas: generalmente tienen respuestas muy cortas.

4. Seguir la corriente. Cada charla tiene su ritmo. Pensamientos y prejuicios la llevan a donde uno quiere. A veces lo más interesante es lo que no se puede anticipar.

5. Si no sabe algo, admítalo. Valore su palabra, no hable de lo que desconoce.

6. No iguale su experiencia con la de la otra persona. “Sí, lo mismo me pasó a mí” es una buena forma de matar una charla. Todas las experiencias son individuales. Ah, y no es sobre usted.

7. No repetir. Es condescendiente, aburrido y muuuy común.

8. Cuidado con el exceso de detalle.

9. Escuche. El consejo más importante. Como dijo Buda: “si tu boca está abierta, no aprendes”. O Stephen Covey: “la mayoría escucha no para entender, sino para responder”. Así no es.

10. Sea breve. Recuerde la frase con la que abrí la columna.

Excelentes tips para enfrentar una paradoja de nuestra era: estamos conectados como nunca, pero nos comunicamos muy poquito.

Al igual que los estudiantes de Barnwell, como sociedad tenemos una gran asignatura pendiente: retomar la habilidad de conversar para aprender, encontrar puntos de coincidencia y así poder progresar. En la casa, la empresa y en nuestras comunidades. ¿No cree?

En pocas palabras: “Nadie como nuestro perro para apreciar lo genial de nuestra conversación”, Christopher Morley, periodista norteamericano.
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