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Yuriria Sierra
Yuriria Sierra
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20 Septiembre 2015 04:00:38
Hace 30 años
La ciudad levantada sobre un lago, ese que luego se volvió en tantos caminos de tierra por donde una independencia y una revolución pasaron en su proceso de concreción. Esos caminos trazados por el andar cotidiano, que después fueron de concreto y comenzaron a comunicar a quienes habitaron las casas y departamentos que alrededor de ellos se construyeron. La ciudad que de pronto se vio como una de las más grandes del mundo, como una de las más diversas, también. La de los grandes edificios y estructuras que dan aire de modernidad, pero también la de los campos de siembra y sus tradiciones que, por fortuna, no se extinguen. El Distrito Federal, la ciudad que se sacude en alegría en festejos, la de una de las avenidas más bonitas del mundo, la de sus tantos museos, la de su Zócalo vuelto el centro de todo: donde se baila, donde se canta, donde se aplaude, donde se protesta y se imagina un mejor porvenir. La Ciudad de México que nació gracias a los millones de habitantes que han pisado sus calles, la que se levantó una y otra vez. La que se reconstruyó después de uno de sus más tristes y trágicos episodios.

Hoy, hoy es aquel día en que guardamos silencio por todos aquellos que murieron la mañana de hace 30 años. Hoy es cuando se proyectan con más precisión las sombras de los edificios que colapsaron. Hoy es cuando todos quienes lo vimos entendemos la fuerza y la legitimidad de una solidaridad que hemos sabido demostrar en las tantas igualmente tristes ocasiones en que la naturaleza nos recuerda que ella es quien manda.

Hace 30 años yo era una niña, no entendí al instante, en esos segundos que duró el sismo, qué era lo que pasaba, fue hasta un par de días después, cuando en la televisión y los diarios se daban saldos y se mostraban imágenes de cómo lucía una ciudad tomada por sorpresa por ese fenómeno natural que jamás podremos controlar. Hace 30 años, tantos perdieron a sus padres, madres y hermanos. Hace 30 años, también fueron vidas las que colapsaron, las que cambiaron en cuestión de minutos, familias enteras que lo perdieron todo, familias a las que sólo les sobrevivieron unos cuantos integrantes. Sin embargo, así como ésta se sigue recordando como una de las peores tragedias en la historia de nuestro país, también, como sucede siempre en estos casos, se convirtió en un recordatorio de lo maravillosa que es la vida y la naturaleza, tanto que llega a niveles inexplicables, que hasta los pensamos como milagrosos. Los bebés que lloraron por días bajo los escombros, los rescatistas, los voluntarios... los mexicanos que ayudaron día y noche a desconocidos para que se levantaran de las ruinas. Las toneladas de ayuda en especie que llegaron de varias partes del mundo y del interior de la República.

Hace 30 años de la mañana más triste de la ciudad, pero cuánto hemos cambiado. Fenómenos naturales llegan, pero los vamos enfrentando con más precisión, con más rapidez. Pero más allá de eso, la mañana de hace 30 años nos demostró que ésta y, sí, también cualquier ciudad del país, se levanta y reconstruye. Esta ciudad con sus milenarios recuerdos se ha ido transformando al mismo paso en que crece y se expande. Es una ciudad que se puso de pie porque quienes la habitan lo hicieron posible. Dice Héctor de Mauleón en La ciudad que nos inventa: que a las ciudades las hacen, las construyen quienes las viven. Después de un episodio como el de hace 30 años, la Ciudad de México se levantó por aquellos que se aferraron a la vida, pero también con el recuerdo de aquellos que continúan estando en nuestra memoria.
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